martes, 10 de junio de 2008

¿Almas para los pobres? El Corte Inglés

AOG, Madrid

Hace tiempo me di cuenta de que en Europa conviven muchas épocas. No por haber terminado un siglo en particular quiere decir que su influencia y sus modos han desaparecido.

Es curioso el cómo muchas personas en Occidente miramos a sitios como Japón y pensamos en lo pintoresco que resulta ver una Geisha (ya quedan menos cada día) con un iPod caminando por la calle, o ir de visita a Marruecos y sorprendernos al ver los ropajes de sus habitantes y los colores y costumbres de sus mercados. Qué pronto nos olvidamos de Sevilla o de Asturias.


Hacemos esto los europeos desde la altura que da nuestra "modélica modernidad" donde una Geisha o un salón de té magrebí son cosas que ocurrirían únicamente como parte de un festival cultural, o una obra de teatro.

Como mucho, en el casó magrebí, en Madrid podemos visitar un restaurante de estilo norteafricano donde durante una comida o una cena podemos nadar en la distancia que separa la modernidad en la que vivimos de la antigüedad en que algunos sitios se mantiene.


Bien es cierto que en España hay ceremoniales añejos que aún pueblan nuestros calendarios, la mayoría de los cuales permanecen ocultos al turismo extranjero que nos visita.

Nuestro país para muchos es poco más que playa, toros, sangría, sol y sexo. Y sin embargo cosas como los Sanfermines, el camino de Santiago, el Rocío, perviven junto con el Land Rover que te ayuda a cruzar el Guadiana, el GPS que te guía por el campo en un año jubileo, o los Nike que te ayudan a correr como el que más en La Estafeta.


España, al igual que Japón, o que Italia, o que cualquier otro país europeo, vive entre la modernidad y el más absoluto retrogradismo que nos podamos imaginar. Pero que no lo hacemos porque, al vivir con ello, no lo vemos en el ojo propio.

Hace unos dos años me mudé a Madrid. Uno de los primeros sitios que visité durante mi búsqueda de aparatos tecnológicos, ropas de cama y demás, fue El Corte Inglés. A veces el de Callao, otras el de Nuevos Ministerios (mi favorito por ser enorme), y otras el de Goya. De los tres, este es el que más me ha impresionado. ¿Por qué?

Primero que nada, por el payaso. Sí, el señor payaso que merodea a la salida de la tienda. Ahí se pone, con un cartel pidiendo dinero. Día tras día. Dando pena. Porque, encima, el señor se maquilla con todo y lágrima de tristeza a ver si nos enternece el corazón.


Le veo, y le ven cientos de personas todos los días. Da igual que pase el tiempo, semanas y semanas, ¿quizá hasta años?

Ese es su modo de vida. Supongo que mendigar le sale a cuenta porque de otra cosa no vivirá. Y quizá el no se ha puesto a pensar que la gente le da dinero con la esperanza de que salga de pobre algún día. Y quizá salió de pobre hace tiempo, pero ahí sigue, con su gallina de los huevos de oro particular. Dando pena con su peluca de colores, su cara pintada de blanco. Su lágrima, y el pito que utiliza en vez de voz, comunicándose a silbidos de dudosa penuria.

Personalmente no me da mucha pena. A veces pienso que en vez de comprar tanto maquillaje mejor haría en comprarse un traje y buscar trabajo. Pero luego pienso, ¿a quien trato de engañar? Sé muy bien que este señor no encontraría trabajo en ningún sitio de nuestro civilizada ciudad de Madrid. Igual se se fuese a vivir a, no sé, ¿Antequera? Igual ahí encontraría trabajo este señor. Si quisiera.

Hoy me topé con otra reliquia medieval española. Además del payaso, hoy vi a la desfigurada. Una pobre mujer con media cara destrozada no sé bien si por ácido o por nacimiento. La señora, que está vestida como una ama de casa más con su falda tubo beige, una camisa con el cuello de volantitos, un jersey de botones y sus zapatillas todo-terreno de andar por casa, escalera o calle, se recuesta contra la pared a la salida de El Corte Inglés de Goya y pide a voces una ayuda. Con su tono de voz particular. También dando pena.

Pasé por delante de ella y, al hacer contacto visual, enseguida me pidió una ayuda. "Déme algo". Era como si hubiera que pagar por verla. Una especie de tasa infernal que hay que darle por ver su rostro maltrecho. ¡Si es que hasta le falta un ojo a la pobre mujer!

Me quedé pensando un buen rato si a ella no hay quien le ayude. Si de verdad los servicios sociales de la Comunidad de Madrid la tienen por perdida. O si hay algo más. Quizá nunca lo sepa, pero lo cierto es que entre ella y el payaso, no sé quien merece más ayuda. Obviamente, los dos, a su manera, pero es cierto que no se trata de ayudar a uno sí y al otro no. El caso es que, por lo que parece, nadie ayuda a ninguno. ¿Estarían ahí si tuviesen una ayuda? ¿Tendrán una pensión de esas que tanto aborrece el señor Rajoy del "Tengo una pregunta para usted" de 400 euros?

Por si fuera poco, Madrid no solo tiene mendigos en la calle Goya. No hay más que ir a Sol. Ahí, en plena plaza, o sino en la calle Preciados, de nuevo frente el Corte Inglés, se suele ver un chico sin brazos que se pone entre los dientes un vaso de plástico con algunas monedas que menea vigorosamente. Haga frío o calor, el chico suele llevar una camiseta blanca sin mangas que muestra sin lugar a dudas su falta de brazos y los huesos que hacen las veces de extremidades. Me pregunto cómo vive. ¿Tendrá quien le ayude a desvertirse? ¿Ir al baño? ¿Comer? Además de su familia, si la tiene, ¿le ayuda alguien más?

También suelo ver una señora gitana (igual que el chico) vestida de negro. Ella es pequeñita. Enana. Tiene los brazos y piernas cortos, rechonchos y desfigurados. Parece una víctima de la talidomida que se dio a algunas embarazadas en los años 1960 antes de descubrir sus efectos malformantes en los fetos. Igual que el chico. Y también pide, aunque con más gracia y menos agresividad.

Me parece curioso, y a la vez un fiel reflejo de nuestra vida modernísima, como estos individuos se buscan la vida no en las iglesias como antaño- es obvio que los feligreses no están para almas a los pobres- sino que se van a los centros de consumo. Quizá porque piensan que es más fácil hacer sentir culpable a la gente cuando van con las compras en la mano que al salir de la iglesia recién confesados, absueltos, y envueltos en la gracia de Dios, que como todos sabemos es impermeable a las desgracias de los menos afortunados mientras que la gracia del Crédito nos dispone más a soltar algún euro a los menos afortunados. ¡Cómo nos conocen de bien!

De esta manera, veo como la penuria del Medievo sigue viva en España aún siglos después. Como la modernidad no ha conseguido deshacernos de la condición humana y sus tragedias.

Y mientras que lo que veo en España no lo he visto en el mundo Anglo (no digo que no exista, pero las personas que he visto sin brazos en Londres, normalmente iban vestidas de traje y trabajarían en alguna oficina- no puedo decir lo mismo de un desfigurado, nunca he visto uno en Inglaterra por la calle) me pregunto ¿cómo es posible? ¿Como puede ser que en España vea ciegos, cojos, y minusválidos por todas partes y en otros sitios apenas vea uno? Obviamente existen pero ¿quizá los cuidan más? O quizá los cuidan menos y por eso no los veo. No sé cual de las dos posturas es más Medieval o retrógrada.


En cualquier caso ambas me asustan por su falta de humanidad.

2 comentarios:

El Señor Guayo dijo...

querido Ynot, ha debido leerme usted poco en otras de mis entradas para no percatarse de que yo tambien soy maricón y de la ironía que pretende desprender la entrada en la que usted me postea. No obstante le diré que yo no me siento oprimido por esa clase de comentarios porque no oprime quien quiere sino quien puede. Y sí, las mariconadas existen, y son comportamientos con los que no por ser maricón tengo por qué sentirme identificado ni comparto siempre. Pero le agradezco el comentario y la observación no obstante, así como le invito a leer el resto de mis post que no pretenden sino hacer un poco de risa sobre la vida en general y sobre todo reírme de mí mismo el primero en particular. Espero que sepa usted entenderlo. Un abrazo

Ynot dijo...

Es cierto que oprime quien puede, y quien quiere y por alguna razón, me he dado cuenta que en España las palabras derivadas de la sexualidad no hetera son negativas. Maricón; mariconada; mariconez; nenaza; guirigay; sarasa y no olvidemos el tan célebre "Que te den por..."

En fin. Estoy muy al tanto de que, por ejemplo, en más de una oficina se escucha aquel "tío eres un maricón" espetado con amor o con cabreo según se de la situación, pero que en cualquier caso no es una palabra fina, ni sofisticada, y que, por desgracia, aunque no dañe en sí, el hecho de que exista y siga vigente daña mucho más de lo que uno pueda pensar.

En otros países, este tipo de palabras, aunque se escuchan, estan de capa caída pues se entiende que esos comentarios ya no tienen lugar en este siglo. Y hablo de países donde el matrimonio homosexual es poco más que una quimera.

Que aquí, precisamente, se sigan utilizando estas palabras, me parece incoherente además de equivocado. Me avergüenza no el que la pronuncia, sino el que la palabra aún esté en boga.

Le agradezco en cualquier caso la respuesta (concisa), la aclaración (innecesaria) y el bocado filosófico de su comentario (sutil).

He leído un poco más del blog, y espero hacerme asiduo. Igualmente le invito a hacer lo mismo con el mío.

Un saludo, un guiño, y una barra de chocolate Cadbury's