viernes, 1 de enero de 2010

Un fin de película

AOG, Londres


El año pasado, la festividad de Fin de Año fue algo que se aproximó bastante al fiasco.

Las autoridades viarias de Londres decidieron cerrar todos los accesos al centro y estuvimos dando vueltas como tontos por la ciudad arriesgando tomar las uvas en el coche.

No hubiese sido la primera vez, ya ocurrió durante mi niñez en EEUU cuando mi madre decidió llevarnos a celebrar el cotillón de Fin de Año a un restaurante y las calles de Houston se llenaron de tráfico una hora antes del evento.

Recuerdo como mi madre (alias Madame Mère) salía del coche, vestida de noche con un traje vaporoso de color turquesa, y nos sacaba a nosotros del mismo para celebrar el momento. No hubo tragedia, y, bueno, nos reímos mucho después.

Afortunadamente, el año pasado llegamos a casa mi madre, mi pareja y yo, con 15 minutos de holgura antes de las 00:00. Cenamos a las mil, llevamos a Madame a su casa, y volvimos a casa sobre las 7 de la mañana.

Este año, sin embargo, los contratiempos fueron otros, aunque relato que salimos airosos del todo.

Primero que todo, Madame Mère no quería ir a cenar porque temía que no hubiesen taxis de vuelta.

Y no, no puede ni quiere ir en metro o autobús.

Investigué la situación de los taxis el 31 de diciembre y descubrí que funcionarían, pero dada la restricción viaria, darían muchos rodeos, se tardarían más, y, en fin, no sería fácil.

Llamé a Madame Mère y le informé de los acontecimientos. Iría a cenar, pero no sin antes protagonizar un nuevo episodio de la serie "Dramas Familiares", de la cual yo mismo soy escritor, artista invitado, elenco, editor, productor, y actor de reparto, según el episodio del día.

Tras informar a la susodicha de la buena nueva, a cambio, tuve que ir a por ella a su casa para hacer de acompañante desde el punto A hasta el punto B, y viceversa.

Sin embargo, camino de palacio, como quien dice, Madame tuvo un percance doméstico donde se cayó al suelo al tropezarse con la maraña de cables que tiene entre la sala y la habitación y que se niega a desenredar.

Un dedo del pie magullado, y un moratón en la rodilla más tarde, llegué y salimos camino del Soho donde nos esperaban a cenar en el Satsuma.

La velada fue placentera, con Madame Mère de protagonista dado su pequeño accidente ortopédico, y, al finalizar la misma, tuvimos la suerte de haber encontrado un taxi a la puerta para llevarnos de vuelta a su casa. Gracias Juan.

El conductor del vehículo quiso pasarse de listo nada más subir, pero, gracias a que , para listo, servidor, le informé de que cualquier desvío por las rutas turísticas de la capital británica no sería bienvenido, y que preferiría que siguiese la ruta trazada por su compañero a la venida.

Lo cual, he de asegurar, hizo sin apenas resentimiento aparente. Lo siento, fin de año no significa abuso del cliente.

Con más de una hora antes de que acabara el año, regresé con mi pareja y amigos (que se habían ido a tomar teses y cafeses al Valentino de toda la vida durante nuestra ausencia), y nos fuimos al bar designado para pasar la velada.

Bailamos, cantamos, bebimos, nos reímos, en fin, lo de siempre.

A las 23:50, pusieron la tele en el bar, y, como es costumbre, la BBC mostró las imágenes de algunos de los fines de año ya acontecidos en el mundo, empezando por Tokio. Berlín, París.

Curiosamente, no creo que por primera vez aunque no suele ocurrir mucho, entre las ciudades que visitó la cámara, estaba Madrid.

El estruendo que se sucedió en ese bar londinense dio testigo del número de españoles presente. No éramos los únicos. Los ingleses del bar creo que se asombraron ante la actuación hispánica. Nosotros nos reímos.

Entre mis amigos, algunos empezaron a comerse las uvas con los cuartos, aunque les había dicho que eso aquí no pasaba, y que la primera campanada significaba que el año empezaba.

Doce uvas más tarde, empezaron los abrazos, los besos, los buenos deseos, las llamadas telefónicas a los seres queridos, los mensajes al móvil. Alguna lágrima por los que no estaban también.

Salí a la calle un par de minutos más tarde, y había comenzado a nevar. Me quedé mirando hacia el cielo para presenciar un momento cinematográfico.

Me encantó.

Junto a la farola que alumbraba la calle, me puse a contemplar como caían los copos.

Parecía Nueva York, pero era Londres.

Llamé a Juan, a mis amigos, y pronto estábamos todos fuera, congelándonos, mirando cómo caía la nieve lentamente. En silencio.

Con tanta dignidad, que casi daba vergüenza tocarla con la mano.

La dejábamos posar sobre nosotros sin quitárnosla de encima.

Parecía el final de una película; un final feliz.

Quizá el mejor final para la década que despedíamos. Y también el principio de la década que estrenábamos.


Sobre la 01:45, cogimos el metro, y nos dirigimos a casa.

¡¡Bienvenido sea el 2010!!

1 comentario:

Antoñi dijo...

Es lo que tienen los acontecimientos de este tipo,casi siempre tienen algo de accidentados. En mi haber los hay aburridos, estresados, los de mi niñez y adolescencia que son entrañables y el más triste de todos, aquel 1997,que a las 0,15 minutos recien iniciado 1998 se llevo a mi madre entre sus pliegues... En fin el vivir, tiene esas cosas, prefiero los fin de año de mi niñez, con todos mis tíos, primos y algunos muchos amigos, siempre con permiso a estar despiertos casi hasta el amanecer, en mi adorada tierra, tan reposada, humilde y sencilla...

Describes muy bien, tu prosa me parece un lujo, por amena y al mismo tiempo tan cercana...

Respiraremos con todo el coraje que podamos este 2010...

Besos, Antoñi