AOG, Madrid
Hay cosas que uno hace muchas veces, y nunca les da mayor importancia. Lavar un plato, abrir una puerta, cambiarse de calzado al llegar a casa. En fin.
La rutina de nuestras vidas muchas veces nos mantiene un poco anestesiados hacia nosotros mismos.
No pensamos mucho en nuestros actos cotidianos, más allá del esfuerzo fisico o el tiempo que nos va a robar, impidiendo que hagamos otra actividad.
La rutina de nuestras vidas muchas veces nos mantiene un poco anestesiados hacia nosotros mismos.
No pensamos mucho en nuestros actos cotidianos, más allá del esfuerzo fisico o el tiempo que nos va a robar, impidiendo que hagamos otra actividad.
Mañana salgo de viaje y un amigo me ha pedido que le lleve tabaco.
Esta tarde, sin más, salí de la oficina y me dirigí a un kiosco para comprar el pedido.
"Un cartón de Marlboro Lights por favor".
La señora del kiosco, que vive detrás de un cristal de apariencia a prueba de balas, me dispensó el producto y me regaló, 36 euros después, hasta un mechero verde. Todo ello envuelto en una bolsa de plástico.
La señora del kiosco, que vive detrás de un cristal de apariencia a prueba de balas, me dispensó el producto y me regaló, 36 euros después, hasta un mechero verde. Todo ello envuelto en una bolsa de plástico.
Nada más abrir la puerta y dirigirme a la calle, mi cerebro y mi mente se separaron, creo. Pensé en una milésima de segundo, bueno, es difícil explicarlo con una sola frase pues fueron varios pensamientos a la vez, y a la vez sólo uno.
Todos estos pensamientos confluyeron a la vez, haciéndose uno, provocados por una actividad que he hecho antes, pero a la que nunca le había dado mayor importancia.
No fumo, pero sí he comprado tabaco a mis amigos cuando viajo. Sin embargo, nunca había pasado lo de hoy.
Lo que más me sorprendió fue el ver que hay una parte de mi que todavía es infantil. Esto me hizo preguntarme a mi mismo si, como personas, somos aquellos trocitos de nosotros mismos que sobreviven a nosotros mismos.
¿Hay una parte de nosotros que aún está viva aunque dormida que se forjó en otra época pero que nunca evolucionó?
Yo siempre había pensado que nuestra personalidad se desarrollaba con el tiempo, poco a poco. Pero pensaba que era como si fuésemos barro que todo el tiempo está siendo moldeado.
Yo siempre había pensado que nuestra personalidad se desarrollaba con el tiempo, poco a poco. Pero pensaba que era como si fuésemos barro que todo el tiempo está siendo moldeado.
Plastilina que nunca endurece y que con el tiempo se mezcla con otros colores. Y que con el paso del tiempo, su color original ya no puede verse.
Sin embargo hoy, me dio la sensación de que a lo mejor eso no es así. Que a lo mejor somos como, por usar una analogía, edifícios que se construyen ladrillo a ladrillo. Que cada ladrillo es inmutable y estático, pero que permite que sobre él reposen otros ladrillos, necesarios para el crecimiento personal y físico.
Hoy me salió a relucir un ladrillo que se formó durante mi infancia, entonces. Un ladrillo-cápsula del tiempo. Cápsula de la personalidad.
Un elemento de construcción que tuvo su momento de resplandor en el sol, y que con el paso de los años, quizá inclusive de los meses de la infancia, que es cuando más rápido crecemos (aunque no dejemos de crecer nunca), se fue hundiendo más y más con el peso de los demás ladrillos que se posaban sobre él. Ladrillos con más madurez, y no ladrillos que habían cambiado una cosa por otra. Que se habían transformado en otra cosa.
Un elemento de construcción que tuvo su momento de resplandor en el sol, y que con el paso de los años, quizá inclusive de los meses de la infancia, que es cuando más rápido crecemos (aunque no dejemos de crecer nunca), se fue hundiendo más y más con el peso de los demás ladrillos que se posaban sobre él. Ladrillos con más madurez, y no ladrillos que habían cambiado una cosa por otra. Que se habían transformado en otra cosa.
¿Es eso lo que pasó? ¿Es eso lo que pasa entonces?
Salió un aspecto infantil. Una reacción olvidada, pero anteriormente vivida y experimentada.
Si esto es así, ¿será entonces que hay partes de nosotros de cuando teníamos 20 años que ahí siguen como si nada? ¿De cuando teníamos 17 y 32? ¿De cuando teníamos apenas 2 años, o inclusive 10 y medio? Partes que no mueren ni se transforman, sino que se van adormeciendo, o que dejan de latir con tanta fuerza. Que van perdiendo su brillo y vigor.
Entonces pienso que cada edad tiene sus momentos, que son los que nos forjan. Pero aquello que lo forjó no cambió ni fue transformado, sino que simplemente se quedó ahí, quieto; mudo; ¿olvidado? No sé si esa palabra siquiera lo explica.
Quizá es como el lenguaje que hablamos. Nos enseñan las palabras como algo inmutable. Y las vamos aprendiendo y con ellas aprendemos a hablar. Pero las palabras no cambian al aprender a hablar, siguen ahí, sujetando nuestro lenguaje.
Quizá aquello de que todos tenemos un niño interior sea cierto, pero no lo es en la manera en que pensábamos que estaba.
Quizá ese niño ahora es un cimiento sobre el que se construyó todo lo demás, pero el niño sigue intacto. No cambió. No lo cambiaron.
Simplemente vino otro niño nuevo, que a la vez era el mismo, y ese niño nuevo vivió la vida del anterior. Aunque fuese sólo por un día, hasta que llegase otro niño. Y después otro. Y otro. Y luego un adolescente. Y otro. Y así hasta hoy. Y todos son el mismo, y todos son distintos. Quizá solamente 15 minutos distintos. O 3 días distintos. O 4 años distintos. Pero a la vez iguales.
Quizá ese niño ahora es un cimiento sobre el que se construyó todo lo demás, pero el niño sigue intacto. No cambió. No lo cambiaron.
Simplemente vino otro niño nuevo, que a la vez era el mismo, y ese niño nuevo vivió la vida del anterior. Aunque fuese sólo por un día, hasta que llegase otro niño. Y después otro. Y otro. Y luego un adolescente. Y otro. Y así hasta hoy. Y todos son el mismo, y todos son distintos. Quizá solamente 15 minutos distintos. O 3 días distintos. O 4 años distintos. Pero a la vez iguales.