AOG, Londres
Bueno, llego a Londres y mi habitación inundada. La cama, las sábanas, la colcha, el colchón. También todas las cajas en las que guardo la ropa de cama, mi ropa de invierno, en fin, el desastre padre.
Mis primeras horas en casa consistieron en secarlo todo, empezar a lavar las cosas afectadas, perder la compostura, volverla a encontrar, deshacer la cama, moverlo todo de una habitación a otra, buscar la causa, peritar los daños, preguntarme una vez más las razones detrás del famoso piso de Londres, volver a perder la compostura, poner una lavadora, encender la calefacción, poner las primeras sábanas a secar, poner otra lavadora, recuperar la compostura, ducharme, vestirme, irme al centro, cenar, gritar, relajarme, volver a casa, hacer la cama, asesorar los daños, hacerme un café y algo de malasangre, relajarme de nuevo, y acostarme.
Dormir al final.
Diré que Londres estaba bastante vacío. Era el 26 de diciembre. Fiesta. Las calles algo desiertas, y el aire algo gélido. Húmedo. Como cansado y cansante a la vez. Todo disgusto tiene un desenlace. Al tercer día en Londres, el desenlace aún no había llegado, pero el estrés crecía. La ineptitud del ser humano, casada con la excusa de las fiestas, conspiró en mi contra.
He despotricado, maldecido, y jurado en contra de todo y todos.
Al final, al tercer día, me tuve que dejar llevar por el desinterés. Si al casero no le importa que en el techo haya una gotera, y que al vecino de abajo le llueva lluvia y nieve pasada por mis suelos, ¿me ha de importar a mi?
Bueno, sí. Me importa, pero tuve que decirle adiós a este sentimiento cuando la tercera persona que vino a casa para asesorar la situación se presentó a las cuatro horas y media de haber dicho que venía (habiéndome hecho perder todo el día, y, lo que es peor, la luz del día, ya que a las 16:00 ha anochecido), sin una escalera.
Sí. Sabía que tenía que subirse al tejado a ver qué pasaba. Pero no vino equipado. Ni quise reír, ni quise llorar. Sólo quise que las cosas fuesen distintas, pero no lo eran.
Cerré el grifo sentimental, apagué la llama doméstica, y me fui a disfrutar de mi pareja que llevaba varias horas (4.5 para ser exactos) dando tumbos por la ciudad.
Y el universo que es muy vengativo nos regaló un chaparrón que cuando llegamos a casa convirtió la gotera en caratatita. Pero sólo duró unas pocas horas. El frío pudo más que la lluvia.
Y en dos días más, fin de año, pasado por agua.
Bueno, llego a Londres y mi habitación inundada. La cama, las sábanas, la colcha, el colchón. También todas las cajas en las que guardo la ropa de cama, mi ropa de invierno, en fin, el desastre padre.
Mis primeras horas en casa consistieron en secarlo todo, empezar a lavar las cosas afectadas, perder la compostura, volverla a encontrar, deshacer la cama, moverlo todo de una habitación a otra, buscar la causa, peritar los daños, preguntarme una vez más las razones detrás del famoso piso de Londres, volver a perder la compostura, poner una lavadora, encender la calefacción, poner las primeras sábanas a secar, poner otra lavadora, recuperar la compostura, ducharme, vestirme, irme al centro, cenar, gritar, relajarme, volver a casa, hacer la cama, asesorar los daños, hacerme un café y algo de malasangre, relajarme de nuevo, y acostarme.
Dormir al final.
Diré que Londres estaba bastante vacío. Era el 26 de diciembre. Fiesta. Las calles algo desiertas, y el aire algo gélido. Húmedo. Como cansado y cansante a la vez. Todo disgusto tiene un desenlace. Al tercer día en Londres, el desenlace aún no había llegado, pero el estrés crecía. La ineptitud del ser humano, casada con la excusa de las fiestas, conspiró en mi contra.
He despotricado, maldecido, y jurado en contra de todo y todos.

Bueno, sí. Me importa, pero tuve que decirle adiós a este sentimiento cuando la tercera persona que vino a casa para asesorar la situación se presentó a las cuatro horas y media de haber dicho que venía (habiéndome hecho perder todo el día, y, lo que es peor, la luz del día, ya que a las 16:00 ha anochecido), sin una escalera.
Sí. Sabía que tenía que subirse al tejado a ver qué pasaba. Pero no vino equipado. Ni quise reír, ni quise llorar. Sólo quise que las cosas fuesen distintas, pero no lo eran.
Cerré el grifo sentimental, apagué la llama doméstica, y me fui a disfrutar de mi pareja que llevaba varias horas (4.5 para ser exactos) dando tumbos por la ciudad.
Y el universo que es muy vengativo nos regaló un chaparrón que cuando llegamos a casa convirtió la gotera en caratatita. Pero sólo duró unas pocas horas. El frío pudo más que la lluvia.
Y en dos días más, fin de año, pasado por agua.