domingo, 23 de enero de 2011

La ira del volante

 AOG, Madrid

Este mediodía decidí dar un paseo hasta Atocha desde la plaza de Colón. Hacía sol, aunque también mucho frío, pero pensé que el caminar me haría bien. No estaba solo en la calle, con lo cual es obvio que a más gente se le ocurrió.

No quise ir sólo por Recoletos, y al llegar a Cibeles, doblé a la izquierda, crucé la calle, y me fui andando por Alfonso XI hasta la calle Juan de Mena, donde decidí ir calle arriba hasta el Parque del Retiro.


 Ahí empezó todo. Este 'todo', duró unos segundos, pero, como suele ocurrir en estas ocasiones, los segundos se hicieron eternos.

Mientras subía por Juan de Mena, empecé a escuchar voces y vi a algunos viandantes que se paraban a ver algo. 

No distinguía bien lo que era, pero al irme acercando, más subía el volumen de las voces, y, desgraciadamente, fui testigo de una agresión, o mejor dicho, de un asalto.

Vi como un señor de unos 30 años zarandeaba, y trataba por todos los medios dar una paliza, no un golpe, una paliza, a un señor más mayor que él, de entre 56 y 62 años, en mitad de la calle.

Por si fuera poco, tres, quizá cuatro, mujeres se interponían entre ambos. 

El señor mayor, quiza por sabio, quizá por cansancio, o quizá por no querer liarla aún más, era totalmente pasivo, mientras que el otro, el grandullón (aunque ambos eran más o menos de igual porte) quitaba a las mujeres de enmendio con las manos, como el rabo de un toro hace con las moscas, y estas, nada más recobrado el equlibrio, volvían a entreponerse. 

Al principio no era claro lo que ocurría. 

¿Cómo era posible que un señor agrediese a otro durante un buen tiempo, en mitad de la calle, mientras que el otro no hacía nada por agredir a su agresor y no hacía más que ir marcha atrás? 

No ya el abuso verbal, que era fuerte, sino el físico, era apabullante.

Las mujeres en muy poco tiempo se volvieron histéricas ya que el chico estaba iracundo, y ellas no podían hacer nada. La ira consumía al agresor.

Tanto grito daba, que lo que había pasado, parece ser, era que el señor mayor, al cruzar Alfonso XII, había osado, en pleno paso zebra, a darle una patada a la rueda del Citroen Xsara del mameluco. No sé si con razón o sin ella. Obviamente el conductor actuaba como si la razón estuviese de su lado. 

Un señor mayor le había dado una patada a la rueda de su coche, y esto le permitía darle una paliza, o las que él quisiera, en la mitad de la calle, delante de su novia (una de las señoras de abrigo de piel), de las acompañantes del señor mayor, y de todo Madrid ahí presente.

Independientemente de que el chico tuviera la razón, o no, a una persona no se le puede agredir en la mitad de la calle por semejante minucia.

Cuando una de las mujeres se puso a gritar que ya habían llamado a la policía, el chico, y su novia/esposa/ hermana/ amiga volvió a su coche, muy a regañadientes, y se fue, dejando atrás una escena sacada de una película de guerra. 

El señor mayor en el suelo, mujeres a su alrededor que no daban crédito. Inopia. 

Se empezó a acercar más gente como para dar apoyo a esas pobres tres mujeres que, una vez más, dieron una lección de humanidad, sobre todo porque una de ellas era la acompañante del agresor y era, probablemente, la más angustiada, porque luego ella se tuvo que ir con él y aguantar la subsiguiente descarga, además de la realidad de tener a ese hombre en su vida.

No quiero ni pensar en si su actuación tendrá consecuencias. De verdad espero que no.

Yo en ese momento de revoloteo público me acerqué a la esquina para apuntar la matrícula y el modelo del coche. 

Me vio, pero creo que o no sabía lo que estaba haciendo, o le dio igual y huyó. Porque no hay otra palabra que describa aquello. 

Después de zarandear y agredir a un señor y tres mujeres, y salir pitando cuando escucha la palabra "policía", a eso únicamente se le puede llamar huída. 

Cuando me quise acercar al señor mayor para decirle que contara conmigo como testigo, había desaparecido. No sé como se fue tan rápido, si cogió un taxi, o qué. 

El caso es que no había nadie, más que yo con una matricula apuntada en el móvil. 
Para tratar de calmarme un poco, a nadie le produce gusto ver semejante abuso, seguí caminado hasta la Cuesta de Moyano, donde los libreros estaban cerrando los puestos.

Bajé hasta el Paseo del Prado en unos 40 minutos, aprovechando los puestos que estaban abiertos para ver los libros y calmarme un poco, y, tras mucho meditar, decidí acudir a la policía. 
La policía me sorprendió con su falta de interés por lo sucedido.

Como no me había pasado nada a mí, yo no podía denunciar nada.

Y, francamente, me molestó que tuviese casi que pedirles por favor que tomaran mis datos por si el señor mayor llegaba a denunciar lo ocurrido. 

Me entristeció que en España este tipo de cosas ocurran y no pase nada. 

Me molesta que un señor crea que puede tomarse la ley en sus manos y agredir a otro porque le da una patada a la rueda de su coche, y que todo quede impune. 

También me molesta vivir en una sociedad donde la gente cree que puede, o debe, dar patadas a los coches, y las razones, muchas veces muy válidas, detrás de las patadas. No deberíamos ser tan violentos. O mejor dicho, no deberíamos ser violentos.

Me molesta que la policía no vea delito alguno, o falta, y que muestre cero interés. Me pregunto como puede ser que un ciudadano vea una agresión, y no la pueda denunciar por no ser él el agredido. 

¿Si uno ve a una mujer agredida por su marido, no debe hacer nada?

¿Solo protegemos a las víctimas de la violencia de género? 

¿Y a las víctimas de la violencia? 

Hoy fui testigo de un asalto, de una agresión, de violencia callejera, de la ira del volante. 

De la chulería de un conductor hacia un viandante, que iba con una mujer a su lado, y quizá sintió la necesidad de demostrar su hombría agrediendo a un señor más mayor que él, y a tres mujeres. O quizá no. 

Quizá es una persona que tiene problemas con su temperamento. Quizá ni eso. 

Simplemente puede ser que en ese momento se le cruzaron los cables, o que tenía un mal día, o que venía discutiendo con la mujer que le acompañaba, o, bueno, miles de razones. 

Pero ninguna excusa su comportamiento. Me gustaría publicar la matrícula de su coche, pero no puedo ser tan incívico. 

Sobre todo porque sé que ahí afuera hay personas todavía peor que este señor, que se sienten muy justicieras, y gustan también de tomar la ley en sus manos. 

Y como decía mi profesora de Civismo, el barro no se puede cubrir con lodo. 

Tengo que conformarme (que ya es bastante consuelo en sí) con que la policía tiene mis datos, y con que si el señor que fue agredido denuncia lo ocurrido, y la policía ata cabos, si es necesario, me tiene como testigo. Y en los tiempos que corren, creo que eso ya es mucho.

miércoles, 19 de enero de 2011

Burocracia VS. la humanidad

AOG, Madrid

Qué cosas tenemos los humanos. Cuanto más nos empeñamos en deshumanizarlo todo, más humano lo hacemos.

Esta mañana acudí al médico. Entré y tuve la oportunidad de escuchar brevemente una conversación entre las chicas de la recepción, y una señora particular de unos 60 años. mientras que esperaba al ascensor.

Hablaban de una tercera mujer, no presente en la clínica -o al menos, no en la recepción-. 

No sé bien si mayor, joven, o de la misma edad. No sé si era su hija, su amiga, su madre, su suegra, o la vecina del quinto.

El caso es que las señoritas de la recepción necesitaban que la tercera mujer, no presente, firmara algo. Algún documento. 

Y la señora les explicaba que la otra mujer, dijeran lo que dijeran ellas, no podría hacerlo.

"Es que no puede escribir, ni sabe. Ni leer."

"No sabe firmar."

"Ni aunque le cojamos de la mano lo va a hacer."

Las señoritas, gustosas del oficialismo médico propio de una administración pública como es la Sanidad en Madrid, se habían topado con una realidad, quizá lejana, pero imponente como ella sola. 

Había aquí una persona incapaz de gestionar un trámite como marcaba la sociedad. Y, era obvio, el trámite en cuestión era necesario y se ha de llevar a cabo.

Pero la señora no daba su brazo a torcer, y como última instancia, sugirió la mayor de las falsificaciones.

"Como mucho, le diré a mi marido que haga como la firma de ella. Como que firma él, pero que lo haga mal". 

Ahí el favor forzado para no volver locas a las secretarias. 

Se hará lo que se pueda, pero ni mucho menos lo que se pide. Y se hará, además, a nuestra manera. Sin ofender claro está. Y porque os hace falta, no porque creemos que sea verdaderamente necesario.

No era capricho. Era simplemente la realidad de la gente en ese momento en el que la humanidad no puede con lo exigido, y se repliega a lo más básico, lo más universal en todos nosotros. 

Interpreté su solución como un, 'lo hago, por vosotras, pero es obvio que además de imposible, se hará de esta otra manera, o no se hará del todo'.

No solamente no iba a firmar la tercera señora, sino que el marido de la mujer que estaba en la clínica estaría dispuesto a cometer un pequeño delito a favor de la persona ausente. 

Dijeran lo que dijeran, las cosas no iban a poder ser como ellas querían.

El triunfo, claro está, fue pírrico.

No trascenderá más allá de aquella consulta, pero me gustó presenciar, aunque fuese de manera efímera, el espíritu humano. 

Las cosas, por mucho que la modernidad se empeñase, y por mucho que la burocracia lo dictase, se harían como mejor podía una persona, aún a pesar de todo. 

Subí a ver a mi médico con una sonrisa en la cara. Aunque pírrica, la victoria era ciertamente universal. 

Todos somos esas señoras. La que no puede porque no puede, y la que defiende el que la otra no pueda como quieren los demás.

El mundo amarillo

AOG, Madrid

Hace quizá un año, quizá un poco menos, volvía andando a casa del trabajo por la noche, ensimismado con mis pensamientos.

Tras cruzar la plaza de Colón, cuando todavía la estatua estaba en un lateral de un parque/plaza tan extraño como incoherente de cara a la Castellana en su esquina, me decidí por visitar el Vips de la calle Génova. 

No era la primera vez, ni tampoco la última. Era, simplemente, una vez más. 

Entré sobre la medianoche, aunque bien podrían ser las 23:20, y me fui derechito a los libros, como suelo hacer siempre. 

Como he hecho esta noche al salir de clase de francés.

Entre los muchos títulos que siempre hojeo y nunca compro, me saltó a la vista por enésima vez el libro 'El mundo amarillo', de Albert Espinosa. 

No era un libro muy grande, ni con muchas hojas. El autor no me sonaba de nada, y mucho menos el libro. 

Sin embargo, algo hizo que lo abriese, y leyera de manera trasversal algunas líneas -no puedo decir que una página entera-. 

Y fue al cabo de un rato (aunque un rato define un buen espacio de tiempo, y esto fue un ratito, pero tampoco, ya que fue aún menos que eso, pero más que un segundo) que vi una idea de las que él propone que me hizo interesarme por la lectura un poco más. 

Era el tercer punto de su filosofía:

"Espera treinta minutos. Es cuando aparecen las energías que te permitirán solucionar el problema."

El libro en sí trata sobre el cáncer. Y el autor habla de lo que ha aprendido del mismo. 

Esta idea de los 30 minutos se me quedó por dentro desde aquel día y la he utilizado en más de una ocasión desde entonces.

No quise comprar el libro, y lo dejé en la repisa. 

Los siguientes meses visité varias veces ese Vips, y ese libro, siempre leyendo la misma idea. Pero no lo compraba. 

¿La excusa? 

Bueno, que tengo ya muchísimos libros en casa que aún están por ser terminados, y añadir uno más, así, sin razón específica, pues no tiene caso.

Y un día, un buen día, un día en Navidades 2010, el libro desapareció de la repisa. Del Vips, y de mi vida inmediata.

Con las ventas de la temporada, y la necesidad de hacer sitio a los bestseller de toda la vida de siempre, supongo que este librito sobraba. 

Habrán vendido la última copia y Santas Pascuas.

Pero su memoria quedó conmigo. Basta que el libro desaparezca para que justamente quiera comprarlo. Y no estaba por ninguna parte. 

El problema se complica cuando confieso que no me acordaba del título, únicamente de la forma y color del mismo: amarillo y pequeño, casi de bolsillo. 

Hoy, como dije, acudí a clase de francés, y al salir, me acerqué al Vips de Gran Vía, por si acaso. No vi el libro. 

Vi otro libro, titulado algo así como "Como hacerlo todo; 2" o algo por el estilo (es obvio que los títulos no son lo mío). 

Lo abrí y leí algo muy curioso. "Como escoger el nombre de tu hijo a lo egipcio". 

El consejo/instrucción en cuestión te pide que escribas unos cinco nombres en un pedazo de papel. Y que enciendas una vela a cada nombre. 

La primera vela en extinguirse señala el nombre que se ha escogido. Me pareció algo muy curioso y digno de no olvidar. 

También vi un libro en inglés de Banana Yoshimoto, pero no lo compré. 

Me pareció caro y, bueno, ya tengo muchos libros en casa blah blah blah...

Me acerqué a ver si veía el libro Amarillo, pero no estaba. Lo positivo era que, al menos, me acordaba de parte del título. No sé como pero me vino a la cabeza lo del amarillo.

Una hora más tarde -y con un poco de pánico ante la posibilidad de haber perdido el libro para siempre-, en casa, me pasé unos 30 minutos haciendo cábalas y fórmulas hasta que di con el nombre del libro en cuestión. 

Lo hay en La Casa del Libro de Gran Vía. 
Por fin. 

PS: (Claro, ahora que lo tengo localizado, queda por ver si lo compro algún día o no...)

lunes, 17 de enero de 2011

Año Nuevo y Chino

AOG, Madrid

Han pasado varios días desde que empezó el 2011 y, he de admitir, que este año he notado la muy bien conocida y trasnochada 'cuesta de enero'.

Hablando con una amiga hace un par de días, ella me comentaba que estaba sorprendida con la lentitud del país para recomenzar. Que la resaca de la Navidad 2010 aún era notable.

Me contó que había puesto un anuncio para buscar una secretaria, pero que apenas el pasado jueves empezaron a llegar los currículums y el interés. 

El anuncio, curiosamente,  lo había publicado la primera semana de enero.

Consecuentemente, el año empieza lentamente para todos. 

Quizá ocurre que no nos queremos desperezar del todo de las fiestas y encarar la que se avecina: un año más de crisis. 

Aunque también puede ser un año más de oportunidad, de esperanza, de gratas sorpresas. En fin, un año nuevo, con todas las páginas en blanco. Como todos. Pero como dijo Mafalda, ¡habrá que ver quien tiene los codos en el tintero!

Yo he dado el año por comenzado con el interés por los idiomas. 

La semana pasada me apunté por fin a clases en L'Alliance Française. Pero las clases no empiezan hasta el día 18 de enero. Para ellos también empieza todo un poco rezagado.

Y por si fuera poco, la semana pasada acudí con un amigo a La Tabacalera, o el centro social autogestionado, como reza en su página web

Se trata de un espacio 'Okupa' que hay en Madrid, en la glorieta de Embajadores. 


Esta imagen muestra uno de sus espacios culturales. Y tiene varios.
Nunca había estado antes y, francamente, el sitio es impresionante de lo inmenso y laberíntico que es.

En él pude presenciar clases de baile tropical, de Big Band, pude ver muestras de un grafitti alternativo, aunque de estilo también conocido.  Las imágenes suelen tener un elemento de enfado, de cabreo. Se reivindica algo casi siempre.

Me sorprendió un espacio espiritual sólo para personas negras. No dudo que lo necesiten, pero me extrañó ver algo excluyente en un sitio que parece ser incluyente sobre todo.

Pero lo que para mi fue impresionante de verdad dentro de este sitio, es el hecho de que una persona, o en este caso varias, regalen su tiempo para hacer algo productivo por los demás. 

La semana pasada acudí a mi primera clase de chino, impartida por una profesora llamada Teresa, y que, además, es gratuita.

La clase, al no costar nada a los asistentes, estaba abarrotada. Según el email que me llegó esta mañana éramos unos 60 alumnos, y las profesoras han decidido dividirnos en 3 grupos, de unas 20 personas cada uno, con diferentes días de asistencia. 

Yo me he apuntado al único día que no coincidía con francés, y mi amigo ha hecho lo mismo para que vayamos juntos.

Siempre es mejor la vida compartida, ¿no?

Confieso que mi pareja -además de regalarme las clases de francés-, me regaló un método de chino que todavía no he utilizado mucho. 

Miedo, sobre todo, y también la falta de tiempo son los principales responsables de que esto haya sido así.

Pero he de decir que la clase de la semana pasada me quitó un poco de miedo a la lengua más hablada del planeta: el chino mandarín. 

Es decir, aunque el inglés sea la lengua más universal que tenemos en el planeta, bien es cierto que hay más chinoparlantes que angloparlantes. 

Sobre todo si sumamos a los chinos que también hablan inglés. 

O cuando menos, eso que está tan de moda decir que se habla hoy en día: Globish,* o el inglés globalizado que hablan las personas cuya lengua materna no es el inglés. Es decir, el inglés que se habla en Barcelona y en Manaus.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Viajes 2010

AOG, Londres

Otro año se acaba y ya no parece que vaya a haber más viajes, así que voy a hacer la lista de lugares donde he estado en 2010. 

El criterio es simple: haber pasado al menos una noche en el lugar.  Me gusta que este año se incluyan sitios favoritos, nuevos y antiguos. 

No siempre fue así.

Sin ningún orden particular:

  1. Bilbao
  2. Barcelona
  3. Madrid
  4. Londres
  5. Estambul
  6. Sitges
  7. Banbury
  8. Valladolid
  9. Valencia
  10. Santander
  11. Castro Urdiales 
  12. Madremanya

lunes, 27 de diciembre de 2010

Vínculos tardíos

AOG, Santander


Hay personas que nacen en un sitio, y viven en él el resto de sus días. 

Otras, nacen en un sitio, y viven no muy lejos de él. También hay otras que nacen en un sitio, y nunca vuelven a él.

Hasta hace algunas horas, estuve a punto de ser una de estas últimas. La relación de la ciudad de Santander conmigo es extraña. 

Además de haber nacido ahí, nada más me ata al sitio.

Mi vida entera la he vivido alejado de ella y poco, por no decir nada, sabía de esta capital marítima.

Llegué en coche hace unas horas y, confieso, que la entrada a la misma desde Bilbao no me encantó del todo. Mucha industria, mucho centro comercial, poca alma en el aire.

Luego, una vez dentro de ella, tampoco me gustaba mucho lo que veía.

Era todo luces brillantes un poco antiguas y, la verdad, el clima no acompañaba tampoco. 

Estamos en diciembre y decir que hace frío es decir poco. Y en esas me vi, en el principio (plaza del ferrocarril) tratando de buscar algún vínculo conmigo, sin suerte.

Mi pareja y yo fuimos al hotel, que estaba muy bien por cierto, a dejar las maletas, a ducharnos, y al poco rato salimos a cenar. 

La señorita de la recepción nos recomendó hasta cuatro restaurantes, y al final, tras dar muchas vueltas y descartar la mayoría por el alto nivel de ruido, o de humo, o de gente, o de todo junto, nos vimos una vez más frente al primer restaurante que nosotros habíamos descartado: El Riojano, en la calle Río de la Pila.

Al entrar, dos cosas nos hicieron querer quedarnos ahí. Uno, la falta de humo, y dos, el bajo nivel de ruido. 

Entramos, y nos sentaron enseguida. Las mesas estaban muy bien espaciadas, y el sitio tenía un buen ambiente. Aire limpio y se respiraba una cierta tranquilidad en el comedor.

La comida estaba deliciosa. Para el postre, pedimos en vez de tarta o pastel, fruta. Habían manzanas, naranjas y quizá melón. Pedí melón, si hubiese, y si no, una naranja.


No había, y en vez de melón, primero nos trajeron una mesa, luego una copa de cristal vacía, un cuchillo largo como la cola de un gato, y el Maître, quien se dispuso con una cierta destreza, a pelar una de las dos naranjas que trajo consigo, pinchada en un tenedor, como quien pela su barba con crema de afeitar. Toda una ceremonia. La dejó limpia y después procedió a sacar únicamente la parte central de cada gajo con el filo del cuchillo.

Fue todo un espectáculo.

Después, nos venció el cansancio y volvimos al hotel. Yo estaba más o menos reconciliado con la ciudad. Al fin y al cabo, solo había visto unas 4 o 5 calles.


Al día siguiente, nos levantamos temprano para ir a devolver el coche que habíamos dejado aparcado cerca del puerto. Fue de aquella manera que empezó a gustarme Santander. Frente al mar.

Mi primera impresión fue que las calles estaban muy espaciadas entre sí. 

Y la segunda, que los comercios mantenían la imagen que tendrían las tiendas, me imagino, hace 30 o 40 años. Los escaparates de las tiendas que no eran la típica cadena multinacional (Zara, Mango, etc), mostraban una elegancia antigua. 

La ciudad mantiene la idea de que lo que vende no es la presentación, sino la calidad aparente del artículo en sí. Esto es algo que, obviamente, se ha perdido con el tiempo. Hoy compramos la apariencia del artículo, no el que nos vaya a durar años. 

¿Quizá sea porque no queremos que las cosas nos duren años y buscamos la excusa para cambiarlas en cuanto podemos? Sí, me temo que es un síntoma de nuestra sociedad consumista y moderna.

El caso es que Santander mantiene una manera antigua de hacer las cosas. Antigua y encantadora. 
 Lo segundo que pude apreciar de la ciudad, fue su entorno natural. 

La ciudad está ubicada en una pequeña península y desde la orilla se aprecia la bahía de Santander, y, más al fondo, los Picos de Europa. 

El entorno me pareció espectacular. Era como si fuese un fiordo noruego. No tenía ninguna idea de que esa ciudad fuese así.

Sin embargo, dejando de lado mi afinidad hacia todo lo escandinavo, caminé por las calles santanderinas tratando de encontrar un vínculo entre la ciudad y mi persona. No lo encontré. Miraba a la gente a ver si tenía algo en común con ellos. Y no encontré mucho. Más bien nada.

Sin embargo, el pasear entre estas calles tan espaciadas, y el mirar a estas gentes, para quien soy sólo un viandante más, me hizo reflexionar acerca de los sitios en los que sí encuentro una afiliación sentimental y emocional. 

Y recuerdo las palabras de un amigo toledano con quien perdí el contacto hace años. 

"La vaca es de donde pace, y no de donde nace".

Y pienso que estoy de acuerdo hasta cierto punto. Pero no del todo (esto, en mí, no es algo raro).

Y así, durante algunas horas, conocí la ciudad en donde nací, pero a la que nada verdaderamente me ha atado hasta ahora. 

Hice varias fotos al pasear por sus calles empinadas y ensortijantes, y me pareció curioso que la gente se quitara para dejarme hacerlas, en algunos casos, o que me preguntaran que por qué estaba haciendo fotos por las calles, en otros. 

Esta pregunta me pareció, cuando menos, curiosa. La ciudad es bonita, y, después del incendio que casi la destruyó por completo en 1941, bastante regular en algunas zonas. 

Me pareció algo peculiar que la gente se extrañase al vernos hacer fotos por la calle. 

Pero no menos peculiar fue el hecho de que la ciudad me recordase a otras dos ciudades extranjeras: a Salvador de Bahía y a Lisboa. 

Y también, sobre todo la zona de la playa de El Sardinero, a Neguri.


Recuerdo a una ex-pareja que tuve, del centro de Inglaterra, que me contaba que sus padres, que siempre viajaron en barco porque su madre tenía pánico a volar, sólo les gustaban los sitios que visitaban si les recordaban a su condado británico de Hereford, y si no, no. 

Y de esta manera, entre otros sitios, no les gustó Buenos Aires porque no era como Hereford, pero sí les gustó el sur de España en los años 1970 porque sí les recordaba a su hogar. Y quizá a mi me pasa igual. Si un sitio me recuerda a otro, me gusta, y si no, ¿quizá menos? No sé si esta teoría la tengo comprobada del todo. 

El caso es que muy a menudo, cuando viajo a un sitio nuevo, es cierto que al poco rato de conocerlo empiezo a relacionarlo con otro sitio conocido, para bien o para mal. 

Afirmo que el viaje acabó bien. Que vi mucho, aunque dejé mucho por ver, en la ciudad, y que me voy con ganas de volver y conocerla un poco más. Aunque no tengo vínculos con ella, decidí que me gustaría tenerlos.

Reflexionando un poco, creo que me pedí demasiado respecto a Santander. 

Hay, obviamente, una fuerte carga sentimental con el sitio, y quizá me esforcé demasiado al principio por buscar algo que me uniera a ella. 

Lo habrá seguro, más allá de lo obvio, pero creo que he de dejar que el tiempo me ate a ella de alguna manera, o que me vuelva a alejar. 

Es algo que nunca he podido controlar: mi particular brújula geográfica aplicada a mi vida personal. Y no es que he perdido el norte, es sólo que nortes, tengo más de uno.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Falta de voluntad

AOG, Madrid

Bueno, confieso que mi gran idea de hacer un blog de 50 ejercicios de escritura no va tan bien como yo esperaba.

Decidí ir a otro formato bloguero para hacerlo y me decanté por el de El País. 

Pensé hacerlo en Salon.com, pero luego pensé que un blog en castellano en un sitio en inglés tiene cero sentido común. 

Y bueno, aunque el sentido común no es mi fuerte, en esta ocasión me decanté por él.

Y el blog está hecho. Pero de momento no he metido más que cinco ejercicios y llevo un pequeño retraso de unos cuatro días. 


Mal. Lo sé. Pero así es la vida. Lo bueno es que, al existir el blog, la presión por escribir me llama y me aturde para seguir la nueva rutina.

Confieso dos obstáculos: 

1- Que primero escribo a mano y luego lo paso al ordenador. Un incordio necesario.

2- Si el ejercicio se me atraviesa, vamos mal. 

Y esto es justo lo que ha pasado con el ejercicio que tengo pausado.

Se trata de escribir el origen del sol y la luna en una isla. No se me está dando bien la mitología esta inventada, pero ahí estoy, dale que te pego.

El viernes la historia avanzó un poco. De alguna manera el sol acabará en el firmamento. Ya es un paso. Lo de la luna ni idea.

Claro, también puedo hacer otro ejercicio menos enrevesado y volver a este. Pero esto sólo se me acaba de ocurrir ahora.

Ayer por la noche salí con unos amigos. Les conté lo del blog de ejercicios. Se apuntaron a seguirme y leerme. 
Ahora, claro, hay más presión.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Ejercicio completado

AOG, Madrid


Bueno, lo he conseguido. Hice el ejercício de creación literaria de hoy. 

Creo que me voy a ver obligado a hacer el blog ese de 50x50. 

Aún me falta como titularlo. No me gusta 50x50. 

Parece una tienda de joyería barata. O una especie de rebaja. 

Bueno, cuando lo haga, si lo hago, pondré algún enlace a él. Se aceptan sugerencias.

Madrid va clausurando el domingo envuelta en lluvia y frío. Ha estado así todo el día, menos durante unos minutos, que llegué a ver el sol desde una terraza poco acogedora de Starbucks en la calle Fuencarral. 

Enlace del día, (por cierto): Fauna Mongola.

Me gusta la manera de ver la vida callejera del autor. Suele dar bastante en el clavo.

Escrituras

AOG, Madrid

Bueno, mi gran plan de la escritura hoy se topó con su primer domingo. 

Pensé que podría hacer un ejercicio al día, y, con algo de tiempo, pasarlos a limpio y subirlos a un blog que aún no existe pero que pensé podría inugurar.

Pensé que podría ir haciendo algunos ejercicios de antemano para ir subiéndolos según haga falta. Lo digo porque dentro de poco empieza la temporada navideña y escribir uno al día va a ser algo casi imposible. No imposible 100%, pero casi.

Y cuando digo casi, quiero decir que, bueno, la temporada ya está con nosotros.
Hoy fui de paseo con mi pareja por la Gran Vía madrileña. ¿Qué vi? Todas las tiendas con sus músicas a todo volumen, robándose entre sí la atención de los viandantes para que pasen y compren. Pasen y compren. De premio, una tienda bien caliente, no como la calle fría y húmeda. 

Por no hablar de la locura en la que se está convirtiendo la tienda de Doña Manolita, lotera por excelencia. La tienda. La Doña ya no está con nosotros. 

El caso es que la cola es enorme. Inmensa. Bestial.

Todos comprando en un sitio que la superstición popular cree que es afortunado. Que da suerte comprar ahí. Que la suerte les puede acompañar esta Navidad y sacarles de su miserable existencia, cortesía de uno, o varios, millones de euros. 

No me río de eso. A mi también me arreglarían la vida algunos millones de más. Pero es, por desgracia, triste, que, si se compara con el año pasado, cuando la economía estaba un poco mejor que ahora, no había tanta cola y tanta necesidad. Bueno, esto último no lo sé a ciencia cierta. 

La necesidad de cada quien es infinita y no debo ser yo quien la cuestione. 
Aún queda una hora y 15 minutos antes de que acabe el día. Quizá sí consiga escribir algo.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Ángeles caídos


AOG, Madrid

Hoy me encontré con un poco de tiempo entre las manos, y decidí darme un gusto. 

Me fui (que levante la mano el que ya lo sabía) a tomar un café al Diurno y me llevé un libro de ejercicios de escritura que compré hace más o menos un año cerca de la Plaza de Santa Ana, y que ha estado olvidado en una repisa desde entonces: Taller De Escritura, 1303 Ejercícios De Creación Literaria. De Felipe Montes.

No es que estuviese olvidado, pero no le prestaba mucha atención; fiel y perturbante reflejo del añito que he vivido.

Sin embargo, hoy decidí que haría un esfuerzo y me dediqué a escribir unos 30 minutos. 

No fue fácil. Más bien al contrario. El encontrar un ejercício que me gustara fue bastante dificil. Sin embargo, al final lo conseguí. 

Hice el ejercicio número 854: LOS ÁNGELES CAÍDOS. 

Se trata de escribir el monólogo interno de uno de los ángeles caídos.

El escrito me tomó unos 30 minutos en escribir. 

Fue extraño y no creo que nadie que sea Cristiano lo podrá leer sin molestarse. 

Claro, no lo escribí para incordiar a nadie, pero el tema es jugoso. A la vez trascendental. Y da mucho de sí.

Antes de escoger el ejercicio 854 descarté uno que me pedía poner un anuncio donde busco personajes, un sitio donde ambientar la historia y la trama. 

No me gustó al principio, aunque luego pensé que si la gente me escribía con esa información sería interesante. 

También descarté un ejercicio que versaba 'Ella lo mató', a partir del cual había que hacer un pequeño relato, y el ejercicio que se titulaba 'Tuerca', en el que había que escribir una frase, y pasarle la hoja al compañero de al lado, que seguiría la historia, y así sucesivamente hasta que acabase la historia. 

Al estar yo solo, esta instrucción sería dificil de llevar a cabo.

Pero surgió una idea mientras escribía. Quizá rara. Quizá inalcanzable. Aún no lo sé.

Me explico.

Hace un par de semanas vi, casi por error, la película Julie & Julia. Confieso que no me gustó.

La parte de Streep sí, claro. Pero la parte moderna me pareció continuamente desangelada. 

Sin embargo, dicha cinta me dio una idea que tiene que ver con ella. 

En este film, resulta que una chica decide hacer durante un año las recetas del libro de cocina de Julia Child y contarlo todo en un blog. 

No, a mi no se me ocurrió hacer 500 recetas en un año. 

Pero sí se me ocurrió que podría hacer 50 ejercicios de escritura en 50 días. 

Bueno, al principio se me ocurrió que podría hacer los 1303 escritos que el título del libro sugiere. Pero creo que no me puedo comprometer a hacer todo eso. 

Y ni siquiera creo que pueda hacerlo durante 50 días. Lo cual es curioso ya que escribo a diario, aunque no de manera creativa. 

En fin, me lo estoy pensando.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Preguntas nuevas?

 AOG, Madrid

Ayer volví a Madrid después de pasar unos días en la bella ciudad de Barcelona. 

He de decir que, de alguna manera, sobreviví con paz y tranquilidad a la debacle electoral del PSOE en la Comunidad Autónoma catalana. 

La noche anterior a las elecciones, un amigo me instruyó un poco acerca de las distintas posibilidades y ramificaciones políticas que se podrían llegar a dar, aunque creo que todos sabíamos que sería CiU el partido que ganaría las mismas. Y así fue.

Por otra parte, lo curioso de la jornada fue que mi pareja me mandó un enlace a una página web (aquí el enlace) que te hacía tomar un pequeño cuestionario al final del cual te decía por quien deberías votar en dichas elecciones. 

Varias de las personas que lo hicimos teníamos en común al partido Ciutadans, y no muy lejos, al PP. 

Jugábamos con la idea de que fuese el propio partido Ciutadans el que programó dicha página para darse publicidad.

Este domingo acompañé a mi pareja, residente en la ciudad condal, a votar. Ejercício democrático sin más. Todo transcurrió con total normalidad, con sonrisas y buen temple entre el público. Todo muy civilizado.

Nos tomamos un café después y  nos fuimos a ver la exposición del World Press Photo 2010 en el CCCB.


Una colección de unas 170 fotografías que resumen lo brutos que somos los humanos. 

El video que añado más arriba termina diciendo "Sentimos tener que informarte". Y lo entiendo. Yo lo sentí y mucho. 

Hubo imágenes impactantes, humanizantes y deshumanizadas. Y muchas de ellas duelen en el alma. 

La que más me impactó (que no puedo mostrar pues no he encontrado la imagen por internet) no era necesariamente la mejor, ni la más interesante. 

Era simplemente una cabeza de una niña pequeña que sobresalía de entre los escombros de la casa donde ella vivía en Palestina, hecha por el fotógrafo  de la agencia Reuters Mohammed Salem. 

El ejército israelí había bombardeado la morada. La pobre niña muerta parecía la cabeza de una muñeca. Descabezada. Tenía los ojos cerrados y el pelo alborotado.

Nada más verla los ojos se me llenaron de lágrimas. Me pregunté, como siempre solemos hacer las personas, ¿por qué tuvo que morir esta niña? ¿Por qué Israel y Palestina se tienen que matar constantemente? ¿De qué sirve todo esto? No tengo las respuestas. Quizá porque este tipo de preguntas nunca las tienen. O, no lo descarto, deberíamos hacer preguntas nuevas porque las viejas ya no nos sirven de nada.

El señor Salem es demasiado bueno capturando las imágenes de la vida del día a día en Palestina.

  Aquí su portafolio.

Cuando digo demasiado bueno, quiero decir que, por desgracia, nos retrata sin lugar a dudas, tal y como somos los humanos. 

Lo bestias que somos. Lo inhumanos (irónico, ¿verdad?) que somos. Lo desgraciados que podemos llegar a ser con nosotros mismos y con nuestros congéneres.


Pero había más. Y pensé, al salir de la exposición, en la suerte que tenemos los que vivimos en un país de los que llaman "aburridos". Aunque no tanto. España no es un país demasiado 'aburrido'. 


Ya por la noche vi el telediario. Vi la concesión de la victoria del President Motilla al señor Mas. Mi pareja dijo que sus palabras nunca antes habían sido pronunciadas en la política española. 


"Los ciudadanos han hablado y nuestros adversarios, a los que felicito, han ganado claramente".

Parece ser que en España, hablar así aún no se estila mucho. Algo debe decir a los oídos del electorado que a los partidos no les gusta mucho. No lo entiendo, si es así. No son más que palabras sanas y honestas. ¿Demasiado difíciles para un país como España?

Algo menos diría yo, tras haberlas escuchado al menos una vez y, se comprueba, el país sigue en pie. 


Quizá en Palestina, palabras como estas son demasiado difíciles de pronunciar todavía. 

jueves, 18 de noviembre de 2010

Francés oral


AOG, Madrid

Hoy tuve un examen oral de francés. Parte de la oposición es conocer la lengua de Molière a la perfección (al igual que la de Shakespeare).

Hace más o menos un mes asistí a la academia de idiomas que  mi preparador aconsejó para hacer las pruebas. 

El resultado fue algo calamitoso y el tutor que lo corrigió recomendó que hiciese un curso de preparación. 

Yo conozco mi nivel y sé que, cierto, la gramática francesa no es mi fuerte, pero mi nivel oral y de comprensión es bastante avanzado. 

Pedí a la academia que me permitiese hablar con el tutor en cuestión, lo cual me costó conseguir, para que viese que aunque cojeo en "grammaire Française", en lo demás no ando tan mal. 

Resumiendo, hoy tuve la dichosa cita. 

Duró unos diez minutos y salí bastante airoso. Me dijeron que tenía un buen acento, y también una muy flluída conversación.

Quizá lo que más me sorprendió fueron mis respuestas a algunas de las preguntas. 

Historia oral

Recuerdo que en Londres, mi profesora de metodología, fan a muerte de la historia oral (actividad de la que quedé contagiado), siempre decía que la gente nunca sabemos lo que vamos a decir hasta que abrimos la boca. 

No se equivocaba. 


Ante la pregunta de en qué parte del mundo me gustaría trabajar, respondí lo que pensaba que no respondería: África. 

Seguido de Japón, China y la India. 

Hegel dijo en su ensayo "La razón en la historia" que la lengua es cultura, y yo, respondiendo en francés, me pregunto si hubiese respondido lo mismo en otros idiomas. 

Ciertamente la idea de trabajar o vivir en África me parece interesante, pero yo pensaba hasta hace unas horas que preferiría trabajar en Europa o Hispanoamérica. Pero no. Respondí que, aunque me gusta mucho, no tenía un particular interés en trabajar en esa parte del mundo. O en Europa. Y llevo pensando en ello todo el día.

Ortodoxias varias

Al salir del examen me encontré no muy lejos de la Plaza Mayor en Madrid. Entré en ella y salí al poco rato, con la idea de visitar una librería que descubrí hace un par de años. 

Llegué a la misma casi a oscuras (sépase que no me gustan los días tan cortos) y, al ver la tristeza de sus vitrinas, decidí no entrar. Preferí seguir caminando y me topé enseguida con una iglesia católica de apariencia ortodoxa. 

Se trataba de la Real Parroquia de Santiago y San Juan Bautista, de la plaza de Santiago, cercana al Palacio de Oriente. 

Entré a investigar y me pareció como algo sacado de otro tiempo. Un tiempo con menos dinero pero bastante elegancia. Tiene varios nichos con vírgenes vestidas con telas y  coronadas. Y en vez de una cruz tras el altar, la iglesia muestra orgullosamente un cuadro inmenso de Santiago Matamoros a caballo. Cosa rara.

Después me fui caminando por la zona y acabé en los restos de la muralla árabe que dan al principio de la calle Mayor. 

Y luego a casa, dónde no dejé de pensar en los eventos del día, encontré otra librería muy interesante. 

Cercana al antiguo Ayuntamiento de Madrid, me encontré con un establecimiento muy virado hacia los libros de autores rusos (sobre todo pero no únicamente), muchos de los cuales no conocía.

Antes de salir, le pedí al cajero/dueño/gerente una tarjeta. Con cara algo confundida, me otorgó la misma.