domingo, 14 de abril de 2013

Los Cambios

AOG, Madrid

Todo cambia, y uno nunca sabe si para bien, o si para mal. O si simplemente las cosas cambian. Creo que esta última idea es la que prima. Vivimos en un universo inquieto y permanentemente distinto de un minuto a otro. 

En la vida de las personas los cambios se suscitan de varias maneras: de manera natural,
por accidente, sin comerlo ni beberlo, por que sí, después de mucho trabajo. 

En fin, nuestra vida cambia constantemente, pero la mayoría de las veces a una velocidad tectónica, como las placas continentales del planeta. 

Mi vida, cuando me preguntan, digo que sigue igual. Pero no es cierto. Han habido cambios.  Hay gente nueva y gente que ya no está. Los que siguen, a su manera, también han cambiado. 

Yo mismo he cambiado si creemos aquello de que somos una persona antes de empezar la lectura de un libro, y otra al terminarla. 

Cambia también la sociedad, quieras que no. Ahora mismo estamos tratando de que no cambie todo, mientras que el Gobierno de España, y la UE tratan por todos los medios de que cambie todo para que no cambie nada. 

Esto, sin duda, ha impactado la sociedad de muchísimas maneras, y no todas ellas buenas. 

¿Resucitar la República?

Sin ir más lejos, hoy mismo se han celebrado manifestaciones a favor de la IIIª República. Es decir, no a favor de que cambiemos hacia ella, ni de que empecemos un debate a su favor, sino simplemente a que, de alguna manera no especificada, se resucite la IIª, como si eso, por el simple hecho de ocurrir, fuese a resolver todos nuestros problemas. 

No olvidemos que desde hace tiempo resulta que la monarquía es un problema y que el rey debería abdicar, y 'todos ellos' deberían irse a freír espárragos. 

Esto en sí, en mi opinión, no resolvería nada verdaderamente. Refundar un país simplemente porque estamos pasando por una crisis económica es una manera muy peligrosa de arreglar las cosas. 

Por no hablar del precedente que se establecería. La próxima vez que esto pase, ya sabemos lo que tenemos que hacer, mandar a la IIIª república al traste y restaurar la monarquía. Y así, secular seculorum. 

Vísteme de marca

No, no creo que es lo correcto. 

Hay días que veo que la desesperación de unos se convierte en la juerga de otros. Y desde hace un tiempo, también veo que hay un ligero manto de tristeza sobre el país. No sé muy bien de donde vino pero ahí está. 

Es posible que en España hayamos dejado de soñar como país. ¡Nos han abierto tantos frentes últimamente!

¿Donde acabará todo esto? Creo que nadie lo sabemos. 

Ahora nos hablan de corrupción mientras que muchos culpan a Europa de la situación. 

Nos hablan de la 'Marca España' y el daño que a ella hacen 'ciertas publicaciones'. Me asombra la hipocresía detrás de ese pensamiento. Es bastante perversa. Ya lo dije en este otro post.

Pasamos a publicidad

Y si uno ve la televisión, es triste ver que los programas siguen hablando de no-temas, de tonterías de patio de vecinos como si nada. Nos venden anuncios de productos que cada vez más podemos comprar menos. 

¿De qué sirve pagar una millonada para que tu anuncio salga en horario de máxima audiencia durante el 'Sálvame' si la mayor parte de las personas viéndolo no se pueden comprar tu producto?

Lo que la crisis se llevó

Y la gente seguimos haciendo lo mejor para capear la tormenta. 

Para que no nos quedemos sin trabajo, para tratar de ayudar a los que lo perdieron, escuchando día tras día como nos tenemos de ir de España para poder sobrevivir.

Cuando acabe la crisis, que será algún día, sin duda, pero que no se sabe cuando, me pregunto que quedará de aquel país que algún día fuimos. 

No pregunto ya que pasará con el país al que aspirábamos ser, ese hace tiempo que lo tuvimos que vender al mejor postor, y nunca volveremos a saber de él. 

Después de toda batalla, uno reconstruye con lo que queda, y lo que dejó de ser, al igual que lo que hubiese sido de no haber sido por... desaparece.

Estoy seguro que el día que miremos hacia atrás nos daremos cuenta de que no nos reconoceremos. 

Habremos cambiado de manera irreconocible. ¿Para bien? ¿Para mal?

Eso lo dejaremos para que las futuras generaciones lo respondan, creo que nosotros no estaremos en condiciones de ello.

jueves, 4 de abril de 2013

La infanta imputada


AOG, Madrid

Ayer mismo saltó la noticia: la infanta Cristina estaba imputada en un caso judicial. 

Poco a poco, a lo largo de la tarde, vi como la prensa europea se hacía eco de la noticia. 

Una vez más, somos el país que somos pero a nivel boom editorial pan global.

El que la princesa esté imputada, a nivel europeo, es serio, pero no deja de ser anecdótico. 

Mientras que aquí muchos se llevan las manos a la cabeza, en el resto del continente no deja de ser un ‘escándalo real’.  

No es la primera princesa 'metida en líos'. Que se lo pregunten a la, aún, duquesa de York.

Da mucho morbo ver como un miembro de la realeza ha cometido un fallo y nos encanta estar al tanto de lo que le llegará a pasar, que probablemente sea: nada.

Sin embargo, lo más triste de la historia es lo que en España estamos haciendo con la noticia. 

Primero que nada, no hay que obviarlo, la monarquía está metida, y a fondo, en una gran crisis de imagen desde que su majestad se rompió la cadera cazando elefantes en África. 

Desde entonces hasta ahora todo son malas noticias. 

Lo de ayer no ha hecho más que alentar a aquellas voces que piden la caída de los Borbones, la supresión de la monarquía parlamentaria, y la instauración de una república, en un país donde no hay nada que se parezca al consenso republicano. 

Al igual que la riqueza, que en España cualquiera diría que pensamos que cae del cielo, cuando se habla de una república se habla de la resurrección de la 2ª y no del génesis de la 3ª. 

Tan harto estoy de ver ondear la bandera de la España franquista en las manifestaciones de la derecha política como de ver ondear la bandera republicana en las demás (que aglutinan en la mayoría de los casos a izquierda y centro).

Nadie tiene ni idea de cómo sería una república española en 2013. Nadie. 

Y por supuesto, nadie se lo plantea tampoco. 

Simplemente no hay debate ni quórum al respecto ahora mismo. 

Primero que nada, habría que enmendar a fondo la constitución de 1978 o hasta, en la opinión de muchos la mejor opción, derogarla y hacer una nueva que contemplase la creación de un estado federal. 

Pero eso no es lo peor. Lo peor es el papelón que está interpretando la clase política española ahora mismo. 

Es asombroso como unos y otros se dan baños de pulcritud ante los hechos de ayer mismo.

Esta mañana El País hablaba de la "Preocupación en PP y PSOE por la imagen de España", tras conocerse la imputación de la Infanta.

El nivel de hipocresía me pareció inaudito. Es decir, que según estas personas, lo que daña la tan manida ‘marca España’ es esto, y no todo lo demás.

No nuestros aeropuertos fantasma desprovistos de aviones, aerolíneas y pasajeros.

No los seis millones de parados.

Ni tampoco los desahucios. 

No las ayudas a Bankia ni el desplome de las cajas.

No los ERES en Andalucía y, mucho menos los casos Gürtel y el ahora tan de moda y tan poco comentado por el PP, caso Bárcenas y sus millones en Suiza.

Tampoco afecta que el presidente del Gobierno de España organice actos públicos y se aleje lo más posible de la prensa, que se ve forzada a acudir a una sala contigua y presenciar el acto por diferido en una televisión de plasma, no vaya a ser que se le haga alguna pregunta incómoda.

Por no hablar del papelón de tener que hacerlo cuando está de visita en el extranjero y delante de su anfitrión.

Ni mucho menos que, por ejemplo, el llamado ‘delfín’ del PP haya mantenido una de esas ‘amistades peligrosas’ y se hayan publicado unas fotos suyas en el yate de un narcotraficante y él, el señor Feijóo, lo obvie todo y diga que esto es todo para desprestigiarle. 

Y de paso que mienta acerca de hasta donde llegó su amistad y de una fecha, que ya ha sido desmentida por falsa, en la cual él dejó de hablar con su ‘amigo’.

 

"Cuando me enteré de que Dorado estaba involucrado en casos de contrabando dejé la relación", claro que sí, ¿pero no hasta el ...2000 y pico?

De la misma manera que el PP mintió acerca de la conexión con el señor Bárcenas y su continuada presencia en la sede de la madrileña calle Génova.

Y no hablemos ya del deseo por el presidente de la comunidad de Madrid de impedir que ese tipo de fotos sea publicado. 

Ahora resulta que el caso Noós de la princesa es lo que está desprestigiando a España, y no todo lo demás, que más que desprestigiar lo destruye y lo mancha todo de lodo.

Resulta que ella, como escribiría Almodovar, es la culpable de todo esto. 

Va a ser que la infanta Cristina es el chivo expiatorio por el que toda la clase política se salva de la quema y se sacrifica a la institución de la corona para que estos señores sobrevivan unos años más en la política. 



No digo que España no sea una república, ese no es el tema. Lo que me parece perverso es el decir que lo serio, lo que nos daña, lo que hace pupa al país, es Cristina, y no todo lo de los demás. 

Nunca dejará de asombrarme la capacidad del hombre para, no ya hacer leña del árbol caído, sino de mearse encima de él primero y luego irse de rositas. Como si nada.

No le quito hierro a los hechos que relacionan a la señora de Borbón con las actividades presuntamente delictivas de su marido. Si la justicia los encuentra culpables de algo, que hagan lo que deban de hacer.

No, tampoco descarto que se vayan a ir de rositas ellos también.

Y no, no me olvido de que si en vez de haber sido el señor Urdangarin, soy yo el que se hace con 6 millones de euros de manera ilícita a través de una ONG, es más que probable que estuviese ya en la cárcel. 

Lo tengo muy claro. 

Pero una cosa es que esta persona haya presuntamente cometido un crimen, y otra muy distinta que la clase política española sea capaz de ver la paja en el ojo ajeno y culparle de todos los males, y no sea capaz de ver la viga en el suyo.


martes, 16 de octubre de 2012

Crisis y más crisis

AOG, Madrid
Veo como poco a poco la economía de España se desploma sin que nadie haga nada. Eso es lo que más miedo me da, el que nadie haga nada. Y que lleven meses sin hacer nada. Y lo que queda. 

Este dato es de El País:

"España 2012. Más de 5,6 millones de empleos y decenas de miles de techos arrasados por el huracán de la crisis. Más de 300.000 ejecuciones hipotecarias iniciadas en los últimos cinco años, muchas de las cuales han derivado en desahucios —más de 100.000— a los que se suman los motivados por el impago de alquiler".

Más allá de reprochar a estas alturas al Gobierno de Rajoy, o al de Zapatero, o al de nadie, que por qué estamos como estamos, ahora me preocupa sobre todo el por qué estamos empeorando. 

Hemos perdido poder adquisitivo. La mayor caída en 27 años. Hay muchas familias a punto de caer en la pobreza.

¿Por qué nadie en el Gobierno hace nada?

Veo con horror y con espanto que la clase política española sigue cobrando como si nada sus pensiones vitalicias, sus dietas y demás privilegios, mientras suben el IVA, rebajan las prestaciones sociales, recortan salarios y pensiones a diestra y siniestra, y me asusta que ellos actúen como si no pasara nada. Como si esto fuera de lo más normal.

Hablando con algún entendido del tema, me suelen soltar que bueno, que esos privilegios de la clase política verdaderamente son sólo el chocolate del loro. 

No lo dudo pero francamente no creo que estemos ni para loros ni para chocolates. 

A la vez, veo que a las puertas del Carrefour hay personas que se acercan a buscar de comer. Y hay de todo. Tanto vagabundos como personas que, al menos desde la distancia en que les veo, parecen de todo menos pobres. 

Quizá ese es el problema, que en España, país de la eterna apariencia, país en la que ésta siempre ha de guardarse, las apariencias engañan. 

Y creo que engañan todas ellas, y quizá por eso nosotros estamos acostumbrados a que nos vendan gato por liebre, y no nos quejamos. 

Y sí, hay algunos que se quejan, pero ¿y qué con eso? 

¿De qué ha servido el movimiento indignados de momento? 


Sí, sus triunfos, ahí donde los ha habido, son necesarios pero, por la razón que sea, no han transcendido. 

¿De qué sirve el ocupar el Congreso de los Diputados? De nada.

¿De qué serviría el expulsar a los gobernantes del poder en una supuesta Fronde a la española? ¿Quién los reemplazaría? 

Conjeturas aparte, y volviendo al tema, hoy en día, lo que más me preocupa es que no veo por ninguna parte la manera en que el Gobierno está haciendo algo para que la economía crezca. 

No veo medidas para, no ya ayudar económicamente, sino para sacar a cinco millones y medio de parados del desempleo. 

¿Ha pensado alguien en Moncloa la manera de acabar con este gran problema? 

Diría que no, y a las pruebas me remito. Ahí siguen las familias, con sus economías maltrechas y sus esperanzas destrozadas.


Y mientras que la economía española se desmorona cada día un poco más, el Gobierno se preocupa por  mantenerse en el poder. 


Por ganar las elecciones en Galicia (claudiquemos), en el País Vasco (riámonos), en Cataluña (apaguemos y vayámonos). 

Por mandar al señor Rajoy a la ONU para hablar de Gibraltar –y él cree que tiene tan pocos problemas, y que estos están tan solucionados, que lo mejor que se le ocurre es pasearse por Nueva York fumando un puro–; por tantas cosas inútiles para la gente que lo está pasando mal que me pregunto: ¿exactamente qué cree este Gobierno que son sus deberes y responsabilidades para con los ciudadanos y el electorado?



Mientras que el señor Wert, ministro de Cultura , lanza puyas pseudo-franquistas a diestra y siniestra, caldeando cada vez más los ánimos, y mientras que en Cataluña se rasgan las vestiduras con el tema independentismo, veo que la gente sigue pidiendo comida a la salida de los grandes almacenes cuando estos cierran. 

Veo que España ha perdido 1 millón de habitantes porque la gente se está volviendo a sus países de origen (¿cómo es posible que el Gobierno no sepa lo negativo que es esto?). 

Observo con pavor como el tema de conversación del señor Rajoy es un eterno vaivén con el supuesto rescato-préstamo-panacea de la economía española por parte de la Unión Europea, mientras que los medios Europeos no hacen más que preguntarse que a qué espera España para que la rescaten.

Parecemos tontos. Es obvio. 

No tiene sentido ya insultar a nadie, ni calificar de nada a nadie, ya que eso no resuelve el problema. 

No sé de qué le sirve a una pobre mujer que tiene que dar de comer a sus hijos el escuchar que el señor Rajoy no está a la altura de las circunstancias. 

No sé como ayuda a una familia, donde todos viven de la pensión del abuelo o la abuela de turno, la eterna cantinela del PP de que la culpa es del PSOE, que esto lo heredaron ellos. 

Únicamente me percato a diario de que de esta  situación, nadie en el Gobierno de España sabe como salir. 

Puedo entender que el señor Rajoy no se sienta capacitado para sacar a España del agujero. 

No le puedo recriminar que no sepa hacerlo. Al fin y al cabo lo suyo es ser registrador de la propiedad y católico devuelvecódigos robados. 

Pero sí le puedo pedir que me explique cómo justifica su presencia día tras días en la Moncloa cuando a todas luces él no sabe qué hacer para sacar a cinco millones y medio de las listas del paro. Y es que no hay otro tema ahora mismo. Es ya un tema de humanidad. En Grecia hoy aprobaron una ley por la que se permite la venta de artículos comestibles ya pasados de la fecha de caducidad. 

Estamos en el siglo XXI, ¿no es esto un escándalo? No, no le puedo echar la culpa de esto a quien no la tiene, es decir, el PP. Pero mucho me temo que España va por el mismo camino.

Lo siento señores gobernantes pero es que ni siquiera el tema catalán es tan importante como el bienestar de los parados ahora mismo. 

Es un problema de hondo calado social. Es una situación de ansiedad diaria, de hambre y frío. Donde la dignidad humana se pierde poco a poco mientras que los dirigentes miran al electorado con desdén y se despreocupan del tema.

Y si el señor Rajoy no sabe qué hacer para hacer que la economía de España crezca, y sus consejeros tampoco, sí que puedo pedirles que se apeen del carro y dejen a otros hacer lo que ellos mismos no son capaces de lograr. 

Sin acritud. Sin ideología ninguna. Sin vergüenza ni insultos. Sin crisis de Gobierno.

Y no, hacer recortes y reducir el déficit no hace que la economía crezca ni que los parados tengan trabajo mañana.

Simplemente, si usted no sabe como hacer algo, quítese de en medio para que aquel, o aquellos, que sí lo sepan, puedan obrar. 

¿Es mucho pedir?

Por mi parte, me limito a copiar unas líneas de Benedetti:

"Todo este terremoto nos ha dejado rengos, incompletos, parcialmente vacíos, insomnes. Nunca vamos a ser los de antes. Mejores o peores, cada uno lo sabrá." 
Mi gran duda es si la tierra ha dejado de moverse, o si es que aún ni siquiera ha empezado a temblar.

lunes, 15 de octubre de 2012

Ranas

AOG, Madrid

Cuando era pequeño, como todos los niños pequeños, participé con mis congéneres de la información disponible a nuestro grupo y a nuestra edad, con todo lo que esto conlleva.

Con el tiempo, como muchos, fui descartando la mayoría por imposibles (reyes magos, ratones Pérez etc.), otras por fantasiosas (súper héroes, fantasmas etc.) y otras simplemente por ignorantes (si comes mucho chocolate te saldrán lombrices).

Sin embargo, aún hoy contemplo algunas cosas que escuché en mi infancia como pequeños ejemplos de sabiduría, o de crueldad, colectiva, cuyo uso aún no percibo y, francamente, mejor que así sea.

Recuerdo claramente la época durante la cual mis amigos y compañeros de clase estaban investigando la crueldad a los animales. Digo investigar ya que lo que ellos hacían era experimentar con aquel famoso “que pasaría si...”.

Sin haberlo comprobado yo mismo, hasta hoy me acompaña el resultado del experimento ‘gato en el microondas’.

Por no hablar del ‘cuete en el culo’ de gatos y perros.

Ojala no lo supiera pero, cosas de la infancia, quizá la crueldad de aquel momento me ha ayudado a ser una persona más humana, menos cruel.

Es obvio que somos una especie cruel, y que nos pasamos toda la vida luchando contra este sentimiento innato en nosotros. La madurez ayuda, y mucho. Espero, porque a veces parece que somos unos niños para muchas cosas.

Me explico.

Recuerdo, algo más mayorcito, una particular lección de bilogía y como ésta se aplicaba a la sociología política: Si quieres hervir una rana, no la eches a una cacuela de agua hirviendo; la rana saltará y se escapará.

Para llegar a hervirla, métela en agua fría y sube la temperatura poco a poco hasta que la rana muera.

Si uno estudia historia, es fácil extrapolar la lección a la política de nuestra especie en un sinnúmero de ejemplos.

Hoy en día, sin ir más lejos, el populismo en ciertos países hispanoamericanos nos hace ver la mejor manera de cómo acabar con una democracia utilizando sus instrumentos. 

Ya ocurrió lo mismo en las urnas alemanas previas al comienzo de la locura que fue el Tercer Reich.

En España, aunque no lo parezca, desde hace unos meses nos tienen metidos en una cazuela de agua fría, que cada día sube un poco más de temperatura. 

Pero no me refiero a la situación política o económica. Ojala fuera solo eso.

Me refiero al sigiloso, y a la vez venenoso, interés por parte del Gobierno en RTVE y en controlar la información, que, en teoría, debería ser libre. 

No contento con ‘enmendar’ la ley del PSOE que hacía del ente público un órgano de comunicación independiente, el PP ha organizado una caza de brujas en la que muchos de los mejores profesionales fueron substituidos por otros más afines a la ideología del partido en el poder. 

Bienvenido siglo XXI, como te pareces en esto al anterior.

Estos cambios, igual de sigilosamente, aunque no por ello menos perversos, se han ido implantando levemente en el telediario de las 9, por ejemplo. 

Ese telediario que se pasa 15 minutos hablando de Artur Mas mientras que en Madrid hay disturbios frente al Congreso de los Diputados.

Un programa que gusta de acompañar noticias referentes al PP con la cancioncilla triunfal del partido y luego repasa a toda velocidad cualquier cosa referente a los demás partidos, más por cumplir que por interés en hacerlo. Sí, eso parece. Lo siento.

O que, mientras nos cuenta lo maravilloso que fue la fiesta del 12 de octubre, "en la que no hubo pitidos como en otros años" a la vez nos informa de que la infanta Elena estaba junto “al líder del principal partido de la oposición”, a secas. Sin más introducción.

Menos mal que hasta Tele5 abrío con los disturbios, y no pasó a hablar del señor Mas y Cataluña hasta más tarde.

Por suerte para nosotros, la España de 2012 no es la misma de 1972. 

Es decir, menos mal que, por lo menos de momento, tenemos otros medios (aunque muchos de ellos se auto posicionen a la derecha, a la derecha de la derecha, o inclusive, a la derecha de la derecha de la derecha) y la prensa es libre a su manera.

O al menos eso me gusta pensar.

Menos mal que hay Internet, y que la gente, sobre todo la gente joven, aunque también los más mayores, están cogiéndole el gustillo a las noticias por Internet.

Sin embargo, no puedo sino reflexionar en el daño que hace a nuestra sociedad que TVE nos venda una normalidad adulterada como trigo limpio. No lo es.

No lo fue cuando la administración del señor Aznar nos vendía cosas como ‘C-C-O-O’ como si fuese una cosa normal. 

Por no hablar del circo que fueron las horas inmediatas a la tragedia de Atocha. Más lo que vino después.

Y por desgracia, y gracias a las urnas, aquello se convirtió en esto. Las razones son muchas, no quiero enumerarlas.


 Pero quizá hay una que se nos escapa y a la que pocos, o nadie, tiene respuesta. 

¿A qué se debe que el PP y la derecha en España sean algo tan anacrónico? 

¿Por qué no hay en España una derecha moderada como la Europea, cuna de la social democracia?

E igualmente pregunto, ¿por qué en España no pedimos un sistema republicano normal y corriente y nos limitamos a pedir una tercera república que, parece ser, sería una fotocopia de la derrocada en 1936? 

Es curioso que nuestro discurso público no habla de tener un sistema republicano, sino que hablamos de mandar al rey a freír espárragos y de instalar aquella república una vez más. 

Es decir, no hay un debate acerca de convertirnos en una república sino en convertirnos en aquella.

¿Es esto ser un país en paz consigo mismo?

No lo sé. No sé si lo somos y si lo estamos.

Y sí veo, por desgracia, que nos envenenan la libertad de expresión desde las altas esferas del Estado con niñerías como las antes citadas. 

Y todo esto me preocupa. No sé qué nos pasa que parecemos incapaces de superarnos a nosotros mismos. 

Diría que me da vergüenza, pero lo que me da, verdaderamente, es pena. 

Por que veo que, de momento, socialmente hablando, más parece que vamos hacia atrás y no hacia delante.

¿Alguien me puede explicar por qué nos tratan como ranas?



domingo, 10 de junio de 2012

EL NO-RESCATE DE ESPAÑA

AOG, Madrid 

Algo ha pasado en España este sábado, pero nadie nos puede decir con exactitud el qué. 

Menos que nadie el señor presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. 


 No sabemos, o no quieren que sepamos, o no admiten, o algo por el estilo, que España ha sido rescatada, intervenida, prestada, robada, presionada, abusada o mordida, masticada y escupida. O algo por el estilo.

Pero algo ha pasado porque de un día para otro el país tiene acceso a 100,000 millones de euros que hace unos días no tenía. 

Y, según nos quieren hacer creer, esto nos va a salir gratis pues no pasa de ser un préstamo a la banca que se devolverá.  

Pero no olvidemos que Europa no se ha cansado de decir que el dinero gratis no existe. 

Y si existe, no dudemos en que Irlanda mañana mismo pida la renegociación de su rescate.

Y aunque en España el Gobierno llame como quiera al rescate, el resto de Europa sabe perfectamente bien lo que está pasando.

Según ha dicho el señor Rajoy en rueda de prensa, un día más tarde de haber sido el país ‘rescatado’, o como el Gobierno quiera bautizar a los eventos del sábado, lo que ha pasado es “muy bueno” y el Gobierno “sabe perfectamente adónde va”. 

No olvidemos que, a pesar de que el presidente negó en todo momento previo  a lo de ayer la posibilidad de un rescate, durante la rueda de prensa de este domingo se preguntó por qué no se había hecho antes, a lo que respondió que “esto había que hacerlo y hay países que lo hicieron hace tres años”. 

Pero la pregunta sigue en el aire: ¿por qué negó lo que estaba a punto de hacer? 

Su respuesta: era una táctica negociadora. Tócate los euros.

“Hay cosas que se comunican cuando hay un resultado satisfactorio", aseguró. 

 ¿Y cuando el resultado no es satisfactorio? ¿Se comunicarán entonces? 

Diría que, por desgracia, los ciudadanos tenemos que empezar a coger la costumbre de interpretar al revés todo lo que este Gobierno diga en una especie de maldición de Casandra, pero a la inversa.

No por maldad, sino porque, y a las pruebas me remito, el PP, desde que ha vuelto a Moncloa, ha decidido hacer lo que le da gana, pero a escondidas. 

Subirá el IVA mientras que dice que no lo hará; pedirá rescates mientras que lo niega a los cuatro vientos; recortará y venderá a sus hanchas, previo aviso de que eso no ocurrirá; hará básicamente todo lo que quiera, primero negándolo, y luego asombrándose de la reacción ciudadana cuando lo haga. 

Y como colofón, al cerrar la rueda de prensa que no explica lo que ha pasado en España (Rajoy se limitó a rechazar "debates nominalistas") anunció que se iba a Polonia. 

"Me voy a la Eurocopa porque se ha resuelto la situación, la pena es que me perderé el partido de Nadal". 

Diré dos cosas: 

1) La situación, que parece ser que usted cree que únicamente el PP conoce, está lejos de estar resuelta. Esto no ha hecho más que empezar.

2) La pena no es que usted se pierda el partido de Nadal. La pena es que usted no entienda que esa no es, o no debería ser, su prioridad.

viernes, 8 de junio de 2012

El rescate de España


AOG, Madrid
La agencia de noticias Reuters ha dicho hoy que “El sábado por la tarde España pedirá el rescate bancario a Bruselas”. 

Muchos dicen que es una posible filtración, y Reuters asegura que cita a dos altas fuentes de funcionarios comunitarios. 

En España, según se lee en la prensa, el ministerio de Economía se sorprende de que semejante información esté siendo difundida y, según leo, algunos en el ministerio se atreven a decir que esta ‘filtración’ es una manera más de presionar a España para que pida un rescate de una buena vez. 

¿Nos coge por sorpresa? Bueno, diría que no. 

Hace poco el presidente del Gobierno dijo que quería esperar al resultado de las auditorías independientes encargadas a Roland Berger y Oliver Wyman, para verificar de manera fidedigna las necesidades de un hipotético rescate. 

Y declaró que “cuando conozcamos la cifra y hayamos hablado con todos los socios europeos, como estoy haciendo en estos días, tomaremos la decisión que sea mejor para los intereses generales de los españoles”. 

Es decir, desautorizado todo quisqui de hablar del tema, el señor Rajoy es ahora la única persona autorizada para hablar de temas ‘rescatitarios’. Y eso que no hace mucho se dijo que su labor era que hablasen sus ministros en público, y no él. 

El País publicó esto el 5 de mayo: 

“Rajoy, según una colaboradora muy cercana, cree que el presidente debe preservarse y que son los ministros quienes tienen que asumir el peso de la gestión diaria y el desgaste de la explicación pública. “Considera que los ministros no pueden ser sus delegados o correveydiles, sino que hay que apoderarles y darles capacidad política en el día a día”, explica. 

Según esta versión, el jefe del Ejecutivo busca un modelo de actuación contrario al de José Luis Rodríguez Zapatero, que “trituraba a todos sus ministros porque les desautorizaba permanentemente, les quitaba visibilidad y algunos terminaban su gestión sin que se supiera casi que habían ocupado el cargo”, dice esta fuente”. 

 Y no hay que olvidar que un portavoz de Rajoy, quien negó el rescate hace apenas 10 días, “no comenta las especulaciones”. Más casa real, imposible. 

Hay que decir que no podía llegar en mejor momento para el Gobierno de España, al menos en lo que pan y circo se refiere. 

Pan, en España, tenemos menos estos días, pero circo tenemos para regalar. Y más ahora que empieza la Eurocopa. Y ya sabemos todos como va esa melodía. 

"La economía está en crisis,me he quedado sin empleo, mi hijo no tiene ningún futu - ¡¡¡¡GOOOOOOOOOL DE ESPAÑAA!!! - ¡¡¡¡TOMAAAAA!!!! ¡¡¡YO SOY ESPAÑOL ESPAÑOL ESPAÑOL!!!!"



Y hasta aquí puedo leer...(sin vomitar). 

Si de verdad hubo una filtración, pues ¿qué mejor momento que este, cuando la mayoría de los varones de España estarán pegados al televisor y embriagados con las fortunas de ‘la roja’? 

Pero esto, obviamente, va más allá de España. 

Al ser un fin de semana, este ‘rescatillo’ (no olvidemos que nos han dicho mil y cien veces que España no es Grecia, o Irlanda, y que no necesita tanto dinero como ellos) permitiría a que las bolsas digieran la noticia con al menos 24 horas de antelación antes de abrir el lunes con todas las de la ley y con los nervios menos de punta. 

Sin duda, la banca italiana lo agradecería. 

Y la semana próxima está plagada de eventos importantes para la economía. 

Sin ir más lejos, el FMI publicará el lunes un informe acerca de la banca española en el que, sin duda, tratará de las necesidades de capital y recursos propios de esta. 

Si el rescate fuese a demorarse hasta el próximo fin de semana, este podría afectar negativamente (y sí, más aún) las elecciones griegas del 17 de junio, y las legislativas de Francia. 

Una España afectada puede dañar de manera muy negativa ambos comicios. 

Y eso no le conviene a nadie. Ni a España siquiera. 

martes, 1 de noviembre de 2011

Sevilla, siempre Sevilla...

AOG, Sevilla


Hace unos siete años estuve en Sevilla por última vez. Y la vez anterior a esa fue en el año 1990. Es decir, hace 21 años. Cuando estuve en 2004, lo hice en la víspera de irme de Europa a vivir a EEUU y dejar atrás este viejo continente de una buena vez. 

Al final no lo conseguí,  pero el destino, por primera vez a mi favor, intervino y me llevó a Sevilla. 

Estaba yo un mes antes en EEUU, arreglando todo para irme a vivir ahí, cuando mi mejor amigo me escribió, invitándome a ir con él. Hacía en ese momento 14 años que no pisaba tierra andaluza,  y pensé, 'bueno, me voy; no tendré oportunidad de ir otra vez porque, si vuelvo a Europa, no será para ir a Sevilla'. 

Es obvio que me equivoqué. Fui a Sevilla con mi amigo y, por casualidad, la persona que hoy comparte mi vida, también fue a Sevilla. 

Él lo tenía planeado desde antes de conocerme, y yo también a él, y fue algo de sincronicidad lo que nos hizo a los dos ir al mismo sitio. Desde entonces yo no he podido volver a Sevilla, pero  él sí. Por lo menos hasta este año.

Una vez más acudí, esta vez con muchas ganas de volver a ver la ciudad, y desprovisto de aquel sentimiento de despido que me acompañó en 2004. 

Puedo reportar que la ciudad ha cambiado. Pareciera que en 2004 ni me enteré de que estaba ahí, no me fijé apenas en nada que no fuera él. No me fijé en las calles apenas, ni en la gente, ni en...bueno, en nada. 

Esta vez, sin embargo, me fijé en más cosas. Me fijé de que en la calle las tiendas son más hermosas, con mejores escaparates, con más color, más lujo. Es obvio que hay más dinero en la ciudad. 

Se lo comenté a mi pareja, y me dijo que hace unos años, toda España era como yo me acordaba, y que esto de las tiendas caras por todas partes, es algo nuevo, propio de una economía, hasta hace poco, boyante.Y se nota por todas partes. 

Empezando por el Metropol Parasol, una estructura en la mitad de la plaza de la Encarnación que parece sacada de un libro de Ciencia Ficción.
 
Ahí está, desafiando la ciudad, como diciéndole, 'yo soy lo nuevo, no tú'. Y la gente ya ha empezado a hacer de ella parte de la ciudad, con lo que no dudo en que dentro de poco, pasará a ser tan parte de la misma como lo es su hermosa catedral. 

He de confesar que esta visita me abrió un poco los ojos a mí mismo. Atrás ha quedado la aprensión que durante años tuve con Sevilla. Es como si no hubiera pasado nada. Y mejor así. Esto me ha permitido disfrutar de su eterna belleza. 

Estuve cuatro días paseando entre naranjales que van perdiendo sus ojas en pos del otoño, entre edificios de escala muy humana, cuyo tamaño hace tiempo que había olvidado, lo cual hace de la ciudad un sitio muy agradable, y muy dado a la buena vida. 

Quizá la mayor sorpresa es la Alameda de Hércules, un espacio mágico que siempre me gustó, pero que ahora, al menos para mi intelecto, entrelazo con los paseos de mi infancia en las Américas. Tiene algo de nuevo, algo de viejo, y algo de eterno. Recuerdo el mercadillo que solía haber ahí los domingos. 

Es ahí, en ese mercadillo, donde compré mis primeras cintas piratas: una de Tracy Chapman (a la que le faltaba una canción pero no lo supe hasta años más tarde) y una de Mecano. Y es ahí donde aprendí que ese tipo de cosas existía.  Quisé volver pero me dijeron que lo habían cambiado de sitio, que ahora estaba en un lugar llamado el Charco de la Pava. 

Me dirigía hacia él sin saber muy bien donde estaba al día siguiente, y en el camino pregunté si estaba lejos. 

Un vecino me dijo que ya no estaba ahí tampoco, que lo habían cambiado de lugar. Que ahora estaba por donde se hacían las pruebas de velocidad. Desistí. No sabía donde estaría ese sitio. Pero el de mi memoria sigue ahí, en esa Alameda.

Igualmente, también disfruté de la comida de la ciudad, aunque no todos los días. 

Sucedió que quedamos con unos amigos de Cataluña que estaban visitando la ciudad y quedamos a cenar, precisamente en la Alameda. La cena no estuvo mal, aunque estuvo un poco salada la comida y un poco desfasado el servicio. Pero lo extraño de todo esto fue que nuestros amigos quisieran cenar pizza en Sevilla. ¡Pizza!

Es como ir a Roma e irse al Burger King ¿no?

En fin. En estos cuatro días decidí visitar los dos sitios en los que viví en Sevilla hace 21 años durante poco más de un año antes de partir hacia Londres. 

El primero ha mejorado un poco su aspecto. Me senté en el mismo banco donde lo había hecho 20 años antes en compañía de mi hermana y los amigos que nos hicimos en el barrio en aquella época.

En ese momento sólo estaba yo para acordarme de todos nosotros y de aquellos días ahora tan lejanos. Una vez más   el tiempo ha surtido su efecto y las heridas han ido desapareciendo. 

En aquel momento hace unas horas solo quise ver a aquellos chicos riéndose con nosotros, y nosotros con ellos. Pero no. Eso obviamente queda para la memoria y morirá con cada uno de nosotros. 

Tampoco es para tanto. Son solo pensamientos.

Al rato di un paseo por el barrio y este también ha cambiado para mejor. Hay edificios nuevos de diseño modernillo, hay más árboles, y se ven coches más caros en las calles. Aunque, a pesar de todo, también siguen ahí los viejos sitios, aunque con la fachada pintada y la cara más limpia. 

Me gustó que así fuese. Que haya habido un progreso para todos.

Y decidí irme al segundo. El de las peores memorias. Quizá el destino quiso que no lo reconociera porque me detuve frente al edificio en el que viví y no lo reconocí en absoluto. Ojo, también cabe la posibilidad de que me equivocase de calle, pero no lo creo. Cuando vi el portal me pareció recordar el número y todo:  79. 

Pero esto puede ser solo una memoria falsa. Y sin embargo, no reconocí la fachada, ni los balcones del mismo. 

Es extraño porque, según lo miraba, recordaba nuestra vida ahí adentro y no coincidía. No coincidía nada en absoluto. 

Con lo que lo dejé por perdido y me fui andando hasta la Avenida de la República Argentina. Tenía que irme al hotel en breve, pero quería volver a esa calle, tan importante para mí. Era de mis favoritas en aquella época, sobre todo porque en ella estaba mi tienda favorita de la ciudad: el Vips. 

¿Y por qué? Porque en verano salvé la vida pasando horas y horas en su recinto pleno de aire frío y acondicionado, algo que en mi casa no existía, ni en la de nadie en esa ciudad. Sigo asombrado de cómo a los sevillanos el calor les afecta poco y, además les gusta. 

Pues llegué a la calle en cuestión y no divisé el Vips. No estaba. No lo veía. 

El susto fue grande. Ya en Barcelona hace un par de años que el Vips cerró, y temí porque hubiese pasado lo mismo ahí. 

Pero al cabo de caminar un par de minutos, lo divisé. No sé seguro si está en el mismo sitio que lo dejé hace 21 años, pero al menos está. 

Me fui caminando hacia él y, antes de entrar, me percaté de que justo enfrente de la entrada, apoyado contra una columna, había un chico vestido de corredor sentado en el suelo. 

Pasé por delante de él (no había otra opción) y me fijé en que delante suyo había una visera en la que descansaban algunas monedas. No entendí exáctamente lo que pasaba. 

Ese chico de lejos no parecía un mendigo. Y de cerca menos aún. Parecía un chico (tendría  entre 27 y 32 años) que se había sentado contra la columna para descansar. Era atlético, estaba bien peinado, en fin, parecía una persona igual que yo, no un mendigo. Pero mendigaba. 

Obviamente la otra Sevilla aún sigue viva. Me percaté que de vez en cuando me divisaba desde afuera, y que, al salir la gente, él les miraba esperando que cayera alguna moneda. 

Estas situaciones siempre me ponen nervioso la verdad. Es cómo cuando te piden al lado del cajero. Es obvio que el hambre te hace ser arriesgado. 

Y si no es el hambre, será otra cosa, una que, de momento, no padezco, y que quizá no entienda del todo. Pero ahí está, desvergonzádamente pidiéndote ayuda. El si la necesitan o no, lo dejo para los demás, que cada quien decida por sí mismo. 

En esta ocasión, al salir, no le di nada a este chico. No recuerdo el proceso mental, pero sé que, por lo general, me muestro más a gusto ayudando a gente más mayor y muchísimo menos atlética que él. Quizá sea un error, quizá él lo necesite más; uno nunca sabe.

De vuelta a la ciudad, un par de días más tarde escuché a dos chicas semi burlarse de una tercera. 

Lo que escuché fue lo siguiente: "sí, una ayuda pero es que hace tres días también le habían robado el bolso". De ellas no escuché más. 

Alcé la vista y, a unos metros enfrente nuestro, vi una chica, que empujaba una bici, algo atlética pero de apariencia un poco desaliñada, pidiendo dinero porque le acababan de robar el bolso. Por su aspecto, no era fácil deducir que lo del bolso era una ficción. 

Pero por desgracia, ese dinero que en tantas ciudades de España ha venido cayendo, a muchos no les ha pasado por su casa, y se ven en la necesidad de hacer lo que hacen.

El día anterior, decidí pasear por la parte vieja buscando alguna tienda de libros antiguos, y la encontré en la Plaza de los Terceros.  

Seguí caminando por una zona que desconocía totalmente (poco más de un año no da para tanto después de todo), y al decidir volver, tuve un momento de esos en los que te sientes idiota y que a mí me pasan a menudo en España. 

Estaba esperando para cruzar la calle frente al paso zebra y de detrás mío vino un chico dando voces "¡pase, tiene usted la prioridad!" 'Gracias', le dije, y pasé. 

Y estuve un buen rato pensando en esa continua situación en la que no me sé desenvolver muchas veces en España. 

Es, claro está, culpa del no haber crecido en España y de no estar siempre 100% seguro de no estar dando un paso en falso.

Sí, disfruté mucho de Sevilla esta vez. 

De sus hermosas fachadas,  y de la gente tan bien vestida. 

De su habla y los célebres giros tan ingeniosos de los andaluces con la lengua castellana. De su aire, y de su gente, con la que tuve la suerte de hablar, aunque fuese poco. 

Siempre, siempre, siempre he agradecido la hermosa generosidad de los andaluces. ¿Son todos generosos? No, todos no. Pero es cierto que, por alguna razón, los andaluces poseen una generosidad muy humana y muy cercana. 

Fuimos a una tienda donde vendían carteles antiguos buscando un tubo para llevar un par de carteles pequeños. El señor nos lo vendió por dos euros. 

Era tan bonito lo que había en la tienda que nos quedamos un rato a ver lo que tenía. Al final compramos un cartel de la feria de Sevilla de 1937 que tenía su historia. 

Se diseñó para ese año, pero ese año no hubo feria por la Guerra Civil. No fue hasta 1940 que la feria volvió a Sevilla, y utilizaron el cartel sin usar de tres años antes. Y también compramos un anuncio antiguo pintado sobre una placa de meta. Al final, salimos de la tienda con unas buenas compras. 

Y sin embargo, el dueño, al ver que sus ventas habían ido más allá del tubito, nos devolvió los dos euros y nos regaló el tubo. No es el dinero, es el gesto. Es la generosidad. Y eso lo agradezco, y lo admiro. 

Y sé bien que, aunque eso mismo puede pasar en otras partes, también sé que es difícil que ocurra fuera de Andalucía. No imposible, pero no es lo usual. Al menos en Madrid no me ha ocurrido, y en Cataluña tampoco.

Eso no dice que nadie sea mejor o peor que nadie,  cada quien tiene su encanto, es solo que, ese aspecto de los andaluces siempre lo admiraré  y me parecera loable. 

Por eso y por más cosas me quedé con ganas de más, y con gana de volver. Sobre todo de volver a aquella calle y a aquel edificio que pensé que es donde viví, pero que quizá no lo sea. Me quedé con ganas de pasear por el Parque de María Luisa, por ver Triana de nuevo, por entrar en la catedral, y visitar la judería. 

Por entrar en la tabacalera. ¿Para qué? Mis antiguos compañeros hace años que acabaron la carrera de Derecho. No lo sé. 

Uno siempre quiere volver a los sitios donde se hizo historia, aunque la historia en cuestión solo sea personal.

jueves, 14 de julio de 2011

Idiomas de temporada

AOG, Madrid

El año se calienta y yo, por razones mil, cada día escribo menos. Al menos en castellano. 

Esto de tener dos blogs en dos idiomas distintos tiene su sortilegio y va por temporadas. 

Por dar parte de algo, digo que las clases de francés han terminado, y las doy por terminadas de momento.

La verdad es que desde que empecé mi nueva andadura profesional, el francés ha sufrido las consecuencias. No hubo semana, apenas quizá una, en la que pudiese acudir a ambas clases. 

Esto lo vi venir allá por abril, y así lo informé a dos compañeros que, por supuesto, me dijeron que hiciera lo posible por ir. Pero hice algo más, hice lo imposible por acudir martes y jueves, pero fue un desastre al final. No he aprovechado las clases.


Las de chino tampoco. Pero esas son gratuitas, con lo que la falta de asistencia me duele mucho, aunque la laguna idiomática me molesta más. Al fin y al cabo, francés más o menos sé. Llevo años con la lengua de Molière a cuestas. 

El chino, sin embargo, es harina de otro costal. Empecé muy ilusionado en enero, pero a estas alturas, julio, poco he aprendido, poco. Y me molesta mucho porque empecé muy bien.

Creo que hay idiomas que nos sientan bien y otros que nos quedan como una patada en el hígado. El francés siempre me ha gustado, y creo que, de alguna manera, me sienta bien. 

Pero es un poco como los trajes. Hay quienes van de traje de lunes a viernes, y hay quien, como yo, los utiliza de vez en cuando. 

No voy de traje todos los días, y el francés tampoco lo utilizo a diario. Pero cuando lo hago…ah ¡como me gusta ir de traje entonces!

Y el chino. Bueno, la verdad es que desconozco si me sienta o no. 

Sé que el italiano no me sienta bien, ni el portugués. Hace poco estuve en Bolonia y tenía que hablar por cuestiones de trabajo con una chica polaca que solo hablaba polaco e italiano. Y nada de inglés (gracias telón de acero). 

La comunicación fue extraña. Resulta que hablo más italiano del que yo pensaba (creo que tanto leer Vogue Italia de pequeño y tanto escuchar música italiana sirvió de algo). 

Pero también resulta que no me pega hablar ese idioma. Sueno extraño al escucharme. Como si tuviese un zapato  con la suela gastada en la boca.

Y portugués…un idioma que me gusta mucho, pero que en mis labios y cuerdas vocales suena falso. Y no es de extrañar. No hablo el idioma apenas ¿cómo iba a sonar sino?

Me sientan bien el inglés, y el alemán. Como cuando te pones un viejo par de pantalones que te sientan de maravilla. 

El castellano…bueno, diría que ese idioma me lo calzo a diario desde que vivo en España, pero que lo que servidor de verdad habla con naturalidad, es español, y de México. 

Este castellano de España lo manejo, lo repito, lo reproduzco más o menos, pero siempre falla algo. 

Alguna palabra rara, alguna expresión mal traducida, alguna entonación distinta a la común. 

Alguna idea que en España no se entiende del todo (sí, Hegel lo dijo, el idioma es cultura, y en mi haber hay algunas conviviendo).

Hace un par de años fui a ver un concierto en el Joy Eslava. Estaba apoyado sobre la barra del bar. 

Una chica me pidió si me podía mover para pedir algo al camarero.

Respondí: “Sí”.

Una palabra solamente.

“¿Eres de México?”, me preguntó.

Anonadado es poco.

No soy de México, pero tengo mucho México por dentro.

Cuando se lo conté a mi pareja se echó a reír. Esto es algo que ya me han dicho varias veces.

El otro día en el trabajo también tuve una situación parecida con un compañero.

Hablábamos de cuando yo estuve de becario en la radio.

“¿En qué sección?”

“En noticieros”

“¡Ja, ja, ja! ¿Notisieros? Ja jaja”

Mi cabeza no entendía el chiste.

“¿Qué he dicho mal?”

“Quieres decir, ¿informativos?”

Sí, eso quise decir. Pero no lo dije. Todo esto de buen rollo, claro.